AUNQUE UD. NO LO CREA

Hubo un tiempo en que el fundador de “Heraldo del Oeste” Junto a un equipo llevaban adelante el programa “Luna y Misterio” en las madrugadas de Radio Excélsior. Iba entre las últimas horas de la noche de los sábados y las primeras horas del domingo. En la tarde del sábado, como de costumbre, había hecho la Voz del Estadio en cancha de la Liga, donde Luján hacía de local, axial que tomó el colectivo a las 10 de la noche rumbo a la Capital Federal.

Sumaba el cansancio de la semana y el de la actividad del sábado por la tarde. Concretamente el sueño lo venció apenas tomó el asiento en el ómnibus que tomé en Luján.  Con lo justo despertó en Once y, como de costumbre, busque el kiosco de diarios para llevar un ejemplar de “Crónica” a la radio después de pasar por el baño de la Terminal porteña. Ya en la emisora sacó los papeles que había llevado, pero fue grande su sorpresa cuando advirtió que no tenía los anteojos. Desde sus 25 años de edad, debido a la presbicia que habia heredado de su padre, indefectiblemente los usaba para leer. Busqué en sus portafolios, luego en el saco y en otros bolsillos, pero fue en vano: no estaban.

Contando con el tiempo justo para iniciar el programa decidió volver sobre sus pasos a la Estación Once, caminando el sendero que antes había andado.  Le preguntó al quiosquero donde había retirado el diario que como de costumbre obtenía en canje enviándole luego saludos desde el micrófono en pleno programa: pero nada. Solo le expresó que para ojear los titulares advirtió que me los había puesto.

Decidió, mirando en el piso en todos los rincones, volver al baño. Ahí fue cuando advirtió el país que no miramos, parafraseando el ciclo televisivo que llevara adelante Iván Grondona. Suciedad por todos lados. Gente durmiendo tapándose con lo que hubiera. Otros pidiendo una moneda a quienes pasaban por el lugar.

En la sala de espera de la estación, empleados limpiando o – con el escobillón y pala en mano – marcando debida y acompasadamente los movimientos y actitudes propias de la limpieza.

Gente pernoctando bien horizontalizada en los bancos del lugar.  Otros queriéndose o despuntando el vicio del amor entre cariñoso y apasionado. Algunas parejas en situaciones avanzadas sin importarles quienes los rodeaban.

Dio dos o tres vueltas por la sala mirando el piso, pero, de los anteojos, ni noticias. De pronto irrumpió un grupo de seguridad observando a diestra y siniestra sin actuar, pero movilizándose de civil, de manera tal que era imposible no dudar de su tarea. Por supuesto que antes de que me vieran como sospechoso salí del lugar. Más aun porque el tiempo corría y yo debía llevar adelante el programa.  Ya se veía improvisando comentarios y tandas publicitarias. Al fin y al cabo, las había redactado él y casi que las sabía de memoria. Pero ¿y los temas musicales…? Rápidamente decidió presentarlos una vez escuchados al aire o buscar colaboración del operador de turno para conocer títulos, autores e intérpretes.

Se ubicó, como lo había hecho una hora antes, en la cola de los taxis aguardando que me tocara el turno. Solo tenía tres o cuatro personas antes que él. A esa altura estaba resignado a haber extraviado el estuche negro con los anteojos.

Entre los vehículos de alquiler que aguardaban en fila india divisó un Peugeot. Siempre los Eligio para viajar más cómodo y uno de ellos – eran innumerables los que por entonces surcaban las calles porteñas – estaba entre los ocho primeros que aguardaban pasajeros. Dejó la cola en un arrebato de búsqueda y se dirigió al chofer que tomaba café en el vehículo charlando amigablemente con un colega. La pelea de esa noche en el Luna Park había concluido y el comentario obligado versaba sobre el fútbol de la tarde del domingo.

“Disculpe ¿usted recién me llevó a una radio…?”, le pregunto. “Porque seguramente extravié mis anteojos en ese vehiculo”, agregué. “Fíjese, no hay problema…”, me respondió mientras abría la puerta trasera del auto.

Casi con desesperación en la oscuridad del vehículo posé mi mano hasta dar con el buscado estuche negro y con los anteojos adentro.  Nunca se ha olvido de esa noche. Tampoco el haber reencontrado mis anteojos extraviados por más de una hora. Y ni que hablar de la suerte que me acompañó.  Primero que cualquiera pudo tomar el taxi y llevarlo a otro destino que no sea directamente Once, como fue.  Segundo el recorrido del chofer que de la radio regresó a la cola de espera de pasajeros en Once. Tercero que ya en Once pudo haberlo tomado cualquiera perdiendo para siempre mis gafas. Y cientos de posibilidades más si el lector se pone a deducir.

Fue algo más que encontrar una aguja en un pajar o algo parecido. Pero reencontré lo intensamente buscado mientras que, por añadidura, por un momento descubrí las mugres y miserias del país que no miramos, pero está y sigue estando entre nosotros.

Como de costumbre cerro el programa radial con mi clásica despedida: “de aquí en más, la noche es de ustedes…” Se aferro a los papeles que lo acompañaron, tomo fuertemente el estuche negro con mis anteojos y busqué el rumbo de regreso a mi casa lujanense recordando para siempre lo que pueden la fe en lograr lo que se busca, la perseverancia para hacerlo sin perder las esperanzas y la reina de las casualidades, aunque igualmente, analizándolo, también pudo ser una causalidad.