BESOS SIN FUTBOL CON BALDE Y LADRILLOS

Carlos Alberto había terminado sus estudios secundarios en el Colegio Marista de Luján.

Tenía todas las fuerzas y esperanzas de su juventud que  se abría ante el gran mundo que se mostraba a sus pies, cuando avanzaba la década del 50.

Ganaba la calle sin límites que se le ofrecía mansamente a sus ojos. La posibilidad de acceder a las porteñas facultades se presentaba en su horizonte.

Medido, pensante, responsable, casi totalmente carente en la práctica de quienes alternan cotidianamente la calle, hacía gala de un poder de observación singular y la pureza total de su transparente personalidad producto de quienes no creen en las mezquindades del prójimo y están totalmente ajenos a rivalidades o envidias.

Respiraba al aire ideal de la Plaza Colón y hacía volar su imaginación en alas de cuanta paloma surcaba los cielos.

El deporte en general y el fútbol en particular lo motivaban sobremanera. Entonces no había televisión pero la radio atrapaba con los relatos y comentarios de los partidos.

Como todos los jóvenes diecisieteañeros algunas chicas de la ciudad movilizaban su intachable pureza de sentimientos. Una de ellas llamada Graciela movilizó  primero sus sentimientos y luego su corazón. Llegó a visitarla con la temprana responsabilidad de un noviazgo, aquellos tan vírgenes que no se alejaban de besos y abrazos que no alcanzaban a llamar la atención de la pasión porque el total respeto era lo primero.

Lo que aquella simpatía original en su vida era de una estatura inferior a su talla, sufrió los primeros chistes y cargadas de alguno de sus amigos que le decían si llevaba ladrillos o algún balde cuando lo visitaba. Ladrillos para que ella se subiera a los mismos alcanzando su altura cuando respondía a sus besos o balde para colocárselo en su propia cabeza y que su novia se colgara de la manija para acceder a poder acariciarlo.

Pero perserverante, Carlos Alberto siguió adelante con su relación. Inclusive cuando su novia lo intimó para que la llevara a la clásica “vuelta del perro” en la calle San Martín, una manera de oficializar la pareja y el romance ante la propia comunidad lugareña. Y Carlos Alberto aceptó y debutó en las caminatas nocturnas de idas y vueltas que iban de Francia a la Plaza Colón con los reiterados adioses al cruzarse con conocidos.

Por supuesto que sus bolsillos flacos no daban para ir a tomar algo acompañado en las confiterías del lugar. Después, al regresar a casa de ella, tomaban algo y alguna vez cenaban.

Sucedió que la hermana de Carlos Alberto lo descubrió acompañado y de la mano en el paseo de la calle San Martín y, al regresar antes que él a su domicilio, lo primero que hizo fue contárselo a su madre. Por supuesto que Carlos Alberto se ruborizó y no tuvo palabras de respuesta a su progenitora cuando a voz en cuello le preguntó al llegar a su casa: ¿Quién era esa chica que llevabas de la mano por el centro…?

Graciela continuó ganando terreno en la vida de Carlos Alberto cuando casi con exigencia le requirió que los domingos por la tarde concurriera a casa de su tía Zulma para charlar y realizar visita de cortesía a la que también se sumaba su madre.

Zulma regenteaba un hotel alojamiento de la zona vecina al Río Luján. Por entonces no proliferaba ese tipo de lugares hoy multiplicados a lo largo y a lo ancho del país conocidos como albergues transitorios.

De mala gana no demostrada Carlos Alberto debió ir alejándose de seguir por la radio el fútbol dominguero para atender los pedidos -exigencia de Graciela.

En una mesa ubicada en el centro de un amplio patio cubierto en torno al cual se encontraban las diversas habitaciones de huéspedes y circunstanciales parejas, domingo a domingo se sentaban la dueña de la casa, la madre de Graciela, ésta y Carlos Alberto que escuchaba y no participaba de las clásicas conversaciones propias de mujeres, sobre temas reiterados e interminables.

Silencioso y observador, casi sufriente al perderse los relatos de los partidos de fútbol, Carlos Alberto cumplía piadosamente el ritual obligado para no entrar en inútiles desaveniencias.

Domingo a domingo advirtió como se despedía una pareja, como si fueran de la  familia de la dueña de casa, saliendo desalineados de alguna de las habitaciones. Ella sumamente hermosa por donde la miraran. El, apuesto, casi todo un galán de su tiempo.

“¡ Hasta el domingo que viene Zulma, después te pago…!” expresaba él mientras ella la despedía con un raudo beso a la pasada.

Y a los siete días, puntualmente nuevamente volvían a entrar y luego, cuando caían las primeras luces de la tarde, se retiraban repitiéndose palabras y circunstancias casi rigurosamente.

Carlos Alberto miraba sin entender.

Los interrogantes se repetían sin cesar en su  mente, sin entender y sin alcanzar ningún tipo de respuesta.

Alguna vez su cabecita bien futbolera se planteó ingenuamente una pregunta, por mucho tiempo sin respuestas, aunque jamás lo repitió en voz alta para los demás.

“Con lo apasionante que es el fútbol, como puede ser que éste tipo prefiera venir religiosamente acá cada siete días perdiendóse la posibilidad de escuchar los relatos por radio… ¿Puede ser posible que no le interese ni sea hincha de ningún equipo…?”.

Recordando las andanzas de Carlos Alberto que alguna vez casi risueñamente me las comentó, hoy las llevo a la narración para manifestar los valores que se imponían en cada época en la que el deporte superaba ampliamente a todo lo que tiene que ver con el sexo.

En nuestro tiempo, lamentablemente, hoy son otros los valores e inquietudes y las costumbres.

Y prevalece casi totalmente el sexo que en más de una oportunidad solo se hace por deporte…