El MOMENTO DEL MILAGRO

El origen de la imagen de la Vírgen de Luján nos conduce a 1630. En esa época, el comercio entre Portugal y la Corona de Castilla era muy fluído puesto que ambos respondían al mismo Soberano.

En ese contexto un empresario portugués que vivía en la que era entonces Córdoba del Tucumán, hoy Santiago del Estero, el cual poseía una estancia en Sumampa, y el mismo deseaba tener una misa en especial los dias festivos en su estancia, por lo cual comenzó a construir una capilla en homenaje a la Vírgen Santísima.

Mediante una carta escribió  a un paisano residente en Brasil pidiéndole que le enviase una réplica de la imagen de Nuestra Señora,  debido a que en Pernambuco se construían efigies en terracota (barro cocido).

Su amigo le envío dos imágenes a fin de que eligiese con cual quedarse.

El cargamento fue transportado por Juan de Andrea (portugués) en un solo carretón en el cual imágenes venían debidamente acondicionadas en dos cajones de madera a fin de evitar la rotura de las mismas.

Juan de Andrea tomó el rumbo hacia el norte por el camino nuevo. Asi llegó a la “Estancia de Rosendo”, ubicada a 5 leguas de la Villa de Luján, con la intención de descansar y hacer noche.

Al intentar reanudar la marcha al  ésta se negaba a moverse. Desconcertados por lo que sucedía, le preguntaron al portugués que traía.  Que traía dos cajones con dos bultos del Vírgen que llevaba a un amigo de Sumampa.

Uno de los presentes sugirió que bajara un de aquellos cajones para ver si se movia el carretón, asi se hizo, pero seguía inmóvil.

Otro presente sugirió que se bajasen los dos cajones, efectuado esto y ante la sorpresa generalizada el carretón comenzó a moverse.

El misterio fue interpretado por los presentes como venido de la Divina Providencia y que era voluntad de la Virgen que venía en ese cajoncito quedarse en el lugar.

Ansiosos abrieron el embalaje y se encontraron con la dulce mirada de la Purísima Concepción con sus manos juntas sobre el pecho.

Llenos de emoción todos se arrodillaron a venerarla y besarla pronunciando alabanzas a Dios y a su dulcísimo madre.

Luego de las demostraciones de fe, decidieron trasladarla a la casa de Rosendo, la cual estaba a cargo de Bernabé Gonzalez Filiano, en una sentida procesión.

La imagen fue colocada en un rústico trono y los tropeos, cautivados por la maravilla  decidieron permanecer en el lugar por varios días, antes de emprender su camino.

En el camino a Sumampa llevando la otra imagen de la Vírgen María, a medida que avanzaban iban comunicando con su voz los prodigios de lo que habían sido testigos, de tal manera fue que al poco tiempo, el milagro ya era conocido en la Gobernación del Río de la Plata y del Tucumán.

Al poco tiempo se hizo necesario construirle un oratorio, el cual se levantó a pocos metros de la Estancia de Rosendo, y quedando al cuidado de la imagen un esclavo de nacido en Africa y venido de Brasil con su amo portugués cuyo nombre es Manuel, éste sintió el llamado de la Virgen, convirtiéndose en su principal cuidador y propagador del culto.

El oratorio recibía casa vez más fieles y el nombre de la Virgen se divulgaba mas  y mas. 

La Sagrada Imagen estuvo cuidada por Manuel en la Estancia de Rosendo hasta 1671.

Durante cuatro décadas la voluntad de Manuel permaneció inamovible al cuidado de al Vírgen, a pesar del abandono en que había quedado la estancia y el  peligro que significan los malones para el oratorio.

Ello sucedió hasta la providencial intervención de una joven estanciera, propietaria de tierras ubicadas sobre la margen del Río Luján  a cinco leguas de distancia del oratorio. Se presentó ante el propietario de la estancia Juan Oramas y además era rector de la Catedral de Buenos Aires, su presencia tenía un objetivo comprar la Sagrada Imagen. Oramas vio en aquella la oportunidad de desprenderse de ella, así fue que sin pensarlo demasiado se desprendió previo pago de $ 200.

La joven se llamaba Ana de Matos y era viuda del Sargento mayor Don Marcos de Sequeyras, acaudalado cabildante dueño de las tierras ubicadas sobre el Río Luján.

En 1643, la joven viuda quiso tener su oratorio. El lugar elegido para levantarlo estaba ubicado cerca de las márgenes del río y al frente tenía un enorme zanjón que operaba como defensa contra los indios.

Efectuados los trámites de rigor se llevó las Santa Imagen, dejando a un viejo y desconsolado Negro Manuel.

La estancia de la Virgen fue por demás  breve. Al día siguiente del traslado su nueva dueña observó que la Virgen no estaba alí. Por lo que decidieron buscarla y la encontraron con su fiel esclavo. Este suceso ocurrió dos veces más.

Doña Ana tuvo la certeza de que se trataba de algo fuera de lo común y como era devota de la Inmaculada Concepción decidió pedir la intervención de las autoridades eclesiásticas. Estas adjudicaron que trataba de un suceso divino, por lo que aconsejaron la joven viuda que el traslado se hiciera acompañado de una solemne procesión la cual debía ser encabezada por autoridades eclesiásticas y civiles y así sucedió.,

La Vírgen fue alzada en su altar y llevada en andas para comenzar a pie el histórico traslado que fuera encabezado por el Obispo y el gobernador.

Entre los fieles también caminaba su fiel esclavo el Negro Manuel.

El primer templo de la Virgen fue la Capilla de Montalbo, en ella se celebró la primera misa el 8 de diciembre de 1685 en coincidencia con la fiesta de la Inmaculada Concepción.

Esta Capilla resulto pequeña para recibir la piadosa romería. Por lo cual el obispo Juan de Arregui ordena construir una nueva.

En 1753, el Obispo de Buenos Aires, decide construir un nuevo tiempo y designa a Juan de Lezica y Torrezuri para estar al frente de las obras por saberlo un buen administrador y entendidos en construcciones y devoto de la Vírgen.

El lugar elegido fue el que hoy ocúpale Santuario. La ubicación se debió a que por un decreto del Gobernador, los templos debían erigirse frente a la plaza pública. Las obras comenzaron un 24 de Agosto de 1754, las cuales concluyeron el 8 de diciembre de 1763, estando al frente Lezica, nombrado por entonces,”Fundador, Bienhechor y Síndico del Santuario de Nuestra Señora de Luján y se inaugura oficialmente con la colocación de la Virgen en su nuevo altar.   

El Negrito Manuel se dedico al cuidado de la imagen desde el mismo momento del milagro. Considerándola como su única ama, aseando el altar y tratando siempre de tenerle velas encendidas.

Su devoción era tanta que invocando a María con el sebo de las velas, solía hacer prodigiosas curaciones a los enfermos que acudían. A él se debe la tradición de las velas  Se conoce que los troperos del histórico cargamento, al volver de Sumampa, fueron recogiendo a su paso la cera necesaria para fabricarlas.

Según cuenta la historia los peregrinos acudían en demanda de esta cera, por que la consideraban prodigiosa ya que alumbraba la Santa Imagen y por ser luz bendita atraería sobre sus dolencias y necesidades la dulce mirada.