ESTAS PARA ALGO DULCE…

Una Nota de Gabriela Raffo

Aunque a muchos les pueda parecer raro, tuve la suerte de que mis padrinos eran muy jóvenes cuando nací, 8 años Fede y 10 Adri. Además de compartir con ellos, los juegos y paseos en bici recuerdo el postre de “Maizena” con chocolate “Vascolet” de mi madrina.

Y que siguió preparándome cuando yo ya era adulta para horror de sus hijos que no les gustaba. Lo que me encantaba era romper con una cuchara la película gruesa que se formaba al enfriarse y descubrir esa delicia cremosa que emergía para luego deshacerse en mi boca.

Esta escena hogareña, repetida infinidad de veces a lo largo y ancho del país, está atada al legado de los inmigrantes que desarrollaron la historia de la industria alimenticia nacional.

Si bien la marca “Maizena” es de origen norteamericano, siempre estuvo ligada a nuestra cocina como espesante tanto en recetas saladas como dulces. Pero dentro de la repostería es el ingrediente principal de nuestros famosos alfajorcitos de “maicena” (su nombre castellanizado). Los cuales, dicho sea de paso, no serían muy apetecibles si los llamáramos alfajorcitos de almidón, que los asociaría a su primera función que no era alimenticia sino textil, para almidonar los uniformes de los empleados industriales en Estados Unidos.

Por otro lado, la herencia de la inmigración vasca en la Argentina ha dejado una profunda huella, desde que el tozudo Juan de Garay fundó por segunda   vez la “Ciudad de la Trinidad” y el puerto de “Nuestra Señora de los Buenos Ayres”.  Pero también hay algo que tiene la impronta vasca y que, con los años, se convirtió en un histórico producto que alimentó a generaciones, llamado simplemente “Vascolet”.

A finales del siglo XIX y principios del XX, una oleada de inmigrantes vascos se instaló en la Argentina. Y en esos grupos aparecieron los denominados “vascos lecheros”, esos hombres de boina que no sólo ordeñaban sus vacas, sino que también, a caballo o en pequeños carros, se encargaban de comercializar la leche en distintos lugares.

Con el tiempo, estos inmigrantes a fuerza de trabajo crearon varias empresas lácteas como la de Pedro Uthurralt. La empresa llevó un nombre que ratificaba la pertenencia a esas raíces: se llamó “La Vascongada”. Eran muy reconocidos sus yogures (al principio se los conocía como cuajada) y hasta existió un local en plena calle Florida, donde se podía disfrutar de una copa de leche con vainillas, un café con leche con pan y manteca o un “banana Split”, postre simple y sabroso compuesto una banana partida con helado, crema batida y chocolate rematada con una cereza.

Sin embargo, el rey de ese lugar era el “Vascolet”, un polvo fino y dulce compuesto de azúcar, malta y cáscara de la semilla del cacao que se molía hasta convertirse en un polvillo muy fino. Luego se envasaba en tarros redondos de cartón y para prepararlo se le agregaba leche caliente o fría. Otra presentación era ya lista para beber diluido con leche y fraccionado en pequeñas botellas de vidrio.

Si bien los productos de “La Vascongada” en las décadas del 60 y 70 fueron líderes en Argentina y Uruguay, en los ochenta la empresa entró en bancarrota. En nuestro país, la marca fue adquirida por la compañía italiana Parmalat que posteriormente también quebró. Finalmente, solo Vascolet fue rescatada por la empresa suiza Nestlé que todavía lo comercializa en Uruguay.

Pero el postre de mis recuerdos es más antiguo aún. La receta original llevaba parte iguales de “Maizena” y harina, que lo hacía más firme. Y se saborizaba con una ramita de canela, esencia de vainilla y cáscara de limón. Su historia se remonta al menos a principios del siglo XIII con un plato llamado “Blanc Mengier”  (plato blanco) en francés antiguo. De ahí pasó a llamarse “blanc manger” en francés, “blancmange” en inglés, “bianco mangiare” en italiano y “manjar blanco” en español, por la vía de Cataluña. Siempre fue un alimento ideal para las criaturas y para las personas enfermas o de bajo peso por su alto contenido nutricional. En Argentina, algunas personas lo llaman chuño. Cabe aclarar que también se denomina chuño al resultado de la conservación de tubérculos como la papa utilizando distintos métodos de deshidratación.

Hoy día, este sencillo postre es producido de forma industrial con variantes de todo tipo: dos sabores combinados, con confites, light y hasta versiones gourmet: banana Split, chocolate suizo, crema americana, etc. Pero no tienen la magia de los caseros. Por ello, les dejo la receta. Muchos dirán desilusionados ¡bah… ésta no se diferencia otras! pero esa diferencia la hacían los recuerdos y las manos de mi madrina.

Aquí su receta- Ingredientes


– 1 litro de leche entera o baja en grasa.

-5 cucharadas de “Maizena”.

-2 a 4 cucharadas de azúcar, pero depende de cuan dulce lo prefieran.


– 4 a 5 cucharadas de chocolate en polvo puede reemplazarse por 5 cucharadas de dulce de leche o esencia de vainilla a gusto.

Instrucciones
-Servir una taza de leche y agregar las 5 cucharadas de “Maizena”, mezclar hasta que no queden grumos.

-Colocar la leche restante junto con el azúcar a fuego lento en una cacerola.
-Una vez que esté bien caliente, agregamos la preparación anterior de la taza y revolvemos.
-Cuando esté bien espeso y por hervir, sacarlo del fuego y agregar el chocolate en polvo, revolviendo bien. Lo mismo si usas el chocolate en barra, la esencia o el dulce de leche. Seguir batiendo hasta que baje la temperatura.
-Dejar enfriar y disfruta un postre apto para celíacos

La cantidad de azúcar y chocolate puede variar a gusto personal