NI TODAS LAS RAÍCES VAN AL INFIERNO NI DESDE LA COPA DEL ÁRBOL SE TOCA EL CIELO

Una  Nota de :Hernán Leonel
Semana difícil para la Argentina. Contradictoria como pocas. Con una división un poco desmedida y con la pasión unida. Claro, es que un poco de lo que dejó el fallecimiento de Diego Armando Maradona (créame que cuesta escribir esto) desnudó al extremo lo que somos como Nación.

En la figura del máximo exponente del fútbol mundial (ahí pegadito va Messi, aunque distintos en época y en rebeldía) nos cobijamos con la celeste y blanca y nos fuimos a dormir gambeteando las deudas, las preocupaciones y ese frenesí argentino que no para ni al momento de apoyar la cabeza en la almohada. Él pudo lograr entrar en nuestros sueños y regalarnos un momento. Sucede que también Diego formaba parte del oxímoron argento ya que su lado oscuro lo iluminaba como la noche de la calle Corriente en pleno apogeo pre pandémico. Era visible que esa luminosidad se estaba apagando y un día dijo basta. El ídolo jugador, se convirtió en mito, en leyenda. El Maradona persona, se murió en soledad. Es increíble que los genios, los que llevan su arte a lo máximo suelan morir en soledad. Por siempre recordaremos esa zurda inmortal.

Lo que tampoco olvidaremos fue su utilización extrema, aun cuando su cuerpo yacía en Casa de Gobierno. La imagen de la política argentina que hoy es la inquilina de esa casa emblemática fue pornográfica. Al igual que los cientos de barras que treparon las rejas y se metieron sin pedir permiso alcanzando el Patio de las Palmeras. Símil monos inadaptados y de poco proceso mental es lo que se podía apreciar desde la distancia. Distancia que, dicho sea de paso, no hubo. El DISPO, el ASPO y todas las siglas que condenaron y ungieron al país a una derrota estrepitosa frente al COVID 19 fue lo más parecido en un mundo surrealista al gol de Diego contra los ingleses en el mundial de México 86. Ni siquiera Salvador Dalí hubiese logrado lo que estos chimpancés junto a sus cuidadores del zoológico más bananero de la historia moderna lograron hacer tras la decisión de velar a Maradona en la Casa de Gobierno. Selfies por doquier, incluso del Presidente y su vice (ella y él). Alberto Fernández hablando por megáfono tratando de tranquilizar a la marea humana que se acoplaba en Balcarce 50 fue una de las postales que también trascendieron y llegaron al mundo. En Argentina, por 72 horas el COVID se tomó feriado. En un momento de conmoción mundial la argentina fue tapa en todo el planeta. Primero, claro, la partida del Diez acaparó todas las portadas, desde el New York Times hasta el pasquín de la ciudad más chica del globo terráqueo. Luego, lo mismo pero sobre la vergüenza y el desorden del funeral propiciado por los K.

El “Vamos por todo” se hizo eco y se llevó puesto los restos de Maradona que no pudo aguantar más ser Maradona. Su utilización y la avaricia de captar la atención fue el motor de la negligencia y del descontrol para dejar expuestos una vez más lo que somos como sociedad y peor aún de los que deben dar el ejemplo para revertir esto que ya entró en una zona de no retorno, del oportunismo y de un sistema que va subiendo peldaño tras peldaño hasta llegar a lo más alto del tobogán para simplemente dejarse resbalar al vacío total, a la impunidad, a la demencia y al egoísmo brutal. Eso que no tuvo Raúl Alfonsín tras recibir en la Casa Rosada a los campeones mundiales dejando de lado su impronta y su rédito político al dejarles el balcón presidencial al Diez y a los conquistadores en suelo azteca para celebrar la consagración mundial y ofrendarle al pueblo la Copa del Mundo en 1986. Esa foto no quedó registrada, como tampoco la de Arturo Illia cuando dejó el poder tras un golpe de Estado al retirarse de la misma dirección con una maleta, su saco y un sombrero. O la foto que tampoco se mostró cuando Cristina le pasó los atributos presidenciales a Macri por ser considerado como un “acto de rendición”. 

El país está atravesado por una incertidumbre sin precedentes por culpa de años de desidia, por culpa de gobiernos ineficientes y sin el carácter necesario para conducir los destinos de una Nación. Atrás quedaron los próceres, atrás van quedando los súper héroes tales como Maradona capaces de hacernos gambetear al mundo todo. Atrás queda la figura del Diez que se une a la de Borges, Cortázar, Fangio, Favaloro, Quino y su querida Mafalda, Tato Bores y tantos más que llevaron, cada uno con su arte, su dedicación y su amor por la patria, a poner al país en lo más alto. Tantos docentes, tantos médicos, enfermeros/as, empleados/as de distintos entes públicos lo hacen a diario y hay, por lo contrario, algunos dirigentes políticos que hablan de pobreza ostentando Christian Louboutin que no le llegan ni a la suela de los zapatos a los anteriores mencionados, incluso cuando éstos son más caros que sus sueldos promedio anuales.

La debacle es tal que no hay manera de reiniciar un país que se va apagando como se fue apagando Maradona, lento pero como la crónica de un final anunciado. Lo peligroso es que se va deteriorando de raíz, desde lo fundacional, desde lo educativo y social y ya no existirá un ser divino que pueda gambetear la desigualdad tal y como lo hizo el Diez. Con todos sus matices, con su arte, con sus adicciones, con su forma desafiante y con su rebeldía supo conquistar millones de corazones y al unísono cosechar repudio y divisiones, las mismas que lograba revertir cuando su zurda mágica tocaba una pelota y unía a todos detrás de la bandera Argentina. Más de un político lo ha intentado, algunes (no es error de la matrix, tranquilos/as) sueñan con ese poderío para escapar; pero no de los defensores sino de la Justicia. En ese sentido hay que ser menos principesco, menos maquiavélico y más terrenal ya que ni todas las raíces van al infierno ni desde la copa del árbol se toca el cielo.