Luján, es una ciudad en crisis, que empeora o mejora en aluviones, según la bondad o no de los acontecimientos que puedan afectarle, pero que no ha logrado encontrar un clima de estabilidad que haga presagiar cual vaya a ser el pronóstico final de la misma.

Esa inquietud permanente en la que vivimos los Lujanenses - evidentemente aquellos que compartimos algún grado de sensibilidad social, que no somos todos -va íntimamente ligada al clima de confrontación y desencuentro institucional en el que se ha desarrollado nuestra ciudad en los últimos años, en el que han primado los protagonismos personales emergentes e incluso los decadentes por encima de los intereses generales, transformando lo que debiera ser una ciudad de las mejores posicionadas en la provincia a una más del conurbano y no por causa de la población sino por los gobernantes que no han sabido ver a Luján como un ente social, que les superaba por su complejidad, en el debían diluir parte de sus egoísmos para cederlos en beneficio de conseguir una sólida red de comunicación y participación sobre la que edificar aquello que se denomina como un modelo saludable de ciudad. Difícil ha resultado reunir a más de dos interlocutores en el camino de conseguir un objetivo común, y mucho más el hacerlo si lo que se perseguía no complacía a los intereses de ambos. De ahí la atonía municipal que vive la capital de la fe, sometida en gran medida al principio de la resignación por la ausencia de diálogo entre quienes la gobiernan --que debieran ser los concejales que en lugar de un cruce de apoyos y de iniciativas diversas, una agria cadena de reproches y alegatos con la que justificar sueldos y cargos pero no dedicaciones.
‘Una ciudad como la nuestra, complicada en sus gentes y en su propia estructura, no precisa de un proyecto vecinalista, radical, pro o justicialista. Luján está necesitada simplemente de un proyecto de ciudad, que no podrá diseñarse si no es con la complicidad de todas la fuerzas políticas que la representen, bajo la coordinación de aquella que recibió en las urnas el apoyo mayoritario de la ciudadanía. Una municipalidad que vive entre el atrincheramiento de quienes de hecho lo gobiernan y el acoso de quienes ejercen la oposición, con el desgaste que para unos y otros representa, el limitado margen que ello ofrece a la creatividad, y el efecto colateral que deriva hacia una población, todo hay que decirlo, que vive muy de lejos lo que en realidad le afecta a diario.
Hoy podemos decir que estamos en crisis no solo política o institucional, donde ediles no representan los intereses ciudadanos e inclusive faltan a las sesiones y funcionarios que desgobiernan la ciudad, sino que también podemos afirmar que prácticamente todas aéreas municipales han colapsado.
Una ciudad sin planificación en sectores tan sensibles como salud y obra pública, servicios básico ausentes en los barrios y promesas que se repiten en cada elección y se “vuelan” al siguiente día.
Para ejemplificar todo lo expuesto anteriormente basta con recorrer la ciudad un día domingo, donde debería explotar ese potencial “turístico” que tiene innato esta ciudad, se contrapone a la oferta que podemos ofrecer, donde encontramos una urbe descontrolada y despreciada por el municipio. “Trapitos” que reciben en forma compulsiva al visitante, ausencia total de información turística, vendedores que abruman al viajero, puestos de comidas sin ningún control, una infraestructura que se cae a pedazos y encima 0 pesos de recaudación para las alicaídas arcas municipales.
Esta descripción que simplemente es para el sector que debiera ser un ente recaudador de magnitud para la ciudad, también lo podemos transportar a cualquier espacio municipal y lamentablemente lo mismo podemos decir del poder legislativo donde prima el egoísmo o interés personal y con comulgan con el objetivo común que debiera ser una ciudad mejor para todos.