...Y Torres fue lugar indicado para memorables noches del desfile carnavalesco que se realizaba a lo largo de dos cuadras de la calle Nemesio Litardo.
Fines de la década del 30 y principios de la del 40. La muchedumbre llegada de distintos pueblos cercanos se divertía sanamente desde las 9 de la noche indefectiblemente hasta las 12. A esa hora sonaba una bomba que daba por culminada la gran fiesta.
Luego, para quienes se quedaban, porque muchos madrugaban al día siguiente para ir a hacer el tambo, el carnaval se refugíaba en los bailes de la cancha de paleta del Club Social.
Las veladas eran amenizadas por la orquesta típica de Umberto Cuttini, cantando Aníbal Devechi. En una de esas recordadas noches debutó Enrique Cuttini al piano, hijo de Umberto, cuando tenía pantalones cortos.
La calle había quedado con una alfombra de papel picado y serpentinas. En la reunión danzante el juego se reanudaba además con lanza perfumes y espuma.
El triciclo de Prodo, heladero que traía su mercancía desde Luján, regresaba a la ciudad a todo pedal, por los mismos caminos de tierra que había transitado para venir. Sus canastas de helados “Laponia”, de chocolate, crema y limón, volvían vacías. Como siempre la venta había sido fructífera.
Los palcos callejeros donde hacían escuchar su música improvisados bandoneones, guitarras y acordeones quedaban para otra fecha.
La policía concurría a continuar cumpliendo su tarea en el baile. Llegaban tres agentes de Luján que se sumaban a los de Torres: Giordano, Ortiz y Ramírez. Eran respetados porque el que hacía algún desbande era llevado a un vagón ferroviario ubicado frente a la estación donde lo alojaban hasta el final de la noche: las tres de la madrugada en que todo se daba por terminado.
Al apagarse luces y guirnaldas los ocupantes de charrets, carros, bicicletas y quienes llegaban a caballo iniciaban su retorno comentando las vivencias de otra noche de sana alegría carnavalesca.