UNA NOTA DE: MIGUEL ANGEL LOIZAGA
Vivía los primeros meses de mi flamantes 11 años de edad. Terminaba 5to. grado del Colegio Marista. El clima que iniciaba su cambio ante la inminente primavera nos retenía un poco más que de costumbre al tomar el puente que nos conducía a nuestras obligaciones estudiantiles. Infaltable, la música grata, pegajosa y repetida de la calesita de la ribera del río Luján, invariablemente acompañaba nuestros pasos hacia el aula aguardando el timbre de entrada a las 2 y cuarto de la tarde.
Era un inolvidable año 1950 que por siempre recordará la anécdota del intendente lujanense de turno que en uno de los discursos pronunció con énfasis no exento de emoción: «Vivamos el año de las tres eses: sanmartiniano, santo y cincuenta...» Indudablemente no reparó ni se informó que cincuenta no comienza con «ese» sino con «ce...»
El «Gallego» Antonio Castiñeira, que curzaba un año más que yo, me invito a ir a las maquinitas de la ribera para ver películas calientes. « Por las monedas que hay que poner no te hagas problemas que yo las hago andar igual», me dijo seguro. Por supuesto que ninguno de los dos teníamos ni un níquel y menos para gastar en los juegos de la ribera.
Nos encontramos camino al colegio una hora antes de entrar. Las máquinas de películas tenían un visor y había que girar permanentemente una palanca,como en los viejos télefonos, par observar el movimento de las imágenes.
Antonio sacó de uno de sus bolsillos una cucharita de helado de las de madera balsa. Hoy son de plástico. Introdujo la cucharita en la ranura de la máquina y comenzó a vivir la función girando permanentemente la manibela. Solo por un instante me permitió observar las imágenes. Al fin y al cabo él había descubierto como hacerlas andar. Se trataba un conjunto de bailarinas, por supuesto vestida de cuello a rodilla, que danzaban en el legendario escenario del Tabaris, de la porteña Avenida Corrientes.
«¡Dejáme a mí...!», me dijo sacándome de un hombro para sumergirse nuevamente en el visor. Yo, que quedé detrás de él al bajar la vista observé botas, pantalón y torso de uno de los guardianes del lugar. Era grandote y tenía cara de pocos amigos.
Una y otra vez se lo advertí a Castiñeira atrapado por lo que veía. Al darse finalmente vuelta y ante un estridente «¡qué están haciendo...!» que profirió el celoso guardián, no hicimos más que salir corriendo con todas nuestras fuerzas para evitar mayores males.
Recuerdo que esa tarde llegamos más temprano que nunca al Colegio, pero dispuestos a sumarnos nuevamente a la vera del rio Luján donde filmaban secuencias de la película «La Orquidea».
La vista, estrenada en el Cine Ambassador en julio de 1951, tenía como principales intérpretes a Laura Hidalgo, Santiago Gómez Cou, Eduardo Cuitinio y Felisa Mary con la participación de la orquesta de los Hawaian Serenaders.
Salimos de los Maristas a las 4 y cuarto de la tarde e inmediatamente estábamos entre los curiosos que seguían las alternativas de la filmación soñando, por que no, con ser partícipes como extra en alguna escena.
Y el momento llegó. Alguien a viva voz invitó a instalarse en el trencito de la ribera donde se tomarían escenas del filme. Se armó una carrera espectacular hasta el lugar colmándose velozmente los distintos vagones.
Efectivamente, después de varias horas el trencito dió dos o tres vueltas ante la cámara. Nuestra satisfacción por el sueño cumplido ya se había coronado. Nos sentíamos todos actores.
Meses después concurrimos al cine a ver «La Orquidea» junto a muchos de nuestros amigos y conocidos a los que le habíamos comentado de nuestra participación como extra de la película.
Pero interminables fueron las cargadas que por varios meses toleramos. ¿Que sucedió...? Que de las escenas del trencito solo se veía pasar el techo de la formación, tomada desde arriba del terraplem. Pero de nosotros, los extras, ni noticias ni las imágenes esperadas.
Cosas de las filmaciones de entonces toda una novedad para la ciudad a lo que se sumó el hecho de ver bien cerca a los actores y casi alternar con ellos. Quizás a alguno le surgió la idea del trencito para alejarnos del lugar y poder seguir filmando tranquilamente sin nuestra molesta intromisión.
Al tiempo nos vengamos con un grupo de la barra que nos cargaba ante nuestro fracaso de extras. Sucedió que fueron a ver una película de Thilda Tamar, que apenas iniciado el filme ella empezaba a desnudarse. Y justo cuando avanzaba en la escena pasaba un tren que cubria totalmente la esperada secuencia del destape.
Conocimos que esperanzados los de la barra concurrieron reiteradamente a ver la película aguardando en vano que el tren atrasara su paso. Héchos y anécdotas de total pureza de un tiempo que se fue y se transformó en recuerdos inolvidables.