JERÓNIMO GUIRRIERI EN LA CUMBRE SOÑADA
JERÓNIMO GUIRRIERI EN LA CUMBRE SOÑADA

UNA NOTA DE: MARGARITA ELIAS
Llegar a la cumbre del Aconcagua fue el objetivo que se planteó Jerónimo Guirrieri desde el momento cero. Y lo logró. Con el apoyo de su guía, Julián Insaurralde, superó los 6900mts.
Con esfuerzo, dedicación y confianza, cualquier meta puede ser alcanzada. Este “desafío personal” que se propuso el profesor de música de 33 años lo llevó a ser uno de los cinco lujanenses que lograron llegar al pico más alto del “coloso de América”. Aconcagua es la segunda montaña más alta del planeta Tierra y se encuentra en la provincia de Mendoza.
Su registro es de 6.965mts. De altura y la temporada turística/deportiva abarca desde el 15 de noviembre al 15 de marzo.
Jerónimo es un aficionado de la actividad física: desde muy joven practica tenis, hace running, bicicleta, concurre periódicamente al gimnasio y desde hace un tiempo comenzó a escalar. Si bien su incursión de forma regular en el ejercicio se produjo “ya de grande”, el saxofonista jugaba al paddle de chico y concurría al grupo de Acción Católica.
Entre campamentos y dinamismo al aire libre, fue creando sus propias herramientas y habilidades, y quién iba a decir que esa audacia lo iba a llevar bien lejos.
Él sí, se lo dijo y se convenció de que podía hacerlo. Buscando nuevos retos y aventuras, ya la subida al Cerro Tronador en Bariloche había quedado atrás y era momento de emprender algo que lo supere.
Así fue que a principios de 2016 se contactó con Julián Insaurralde, guía de alta montaña quien ya había hecho once veces cumbre (doce con este último viaje) y juntos viajaron a la provincia mendocina para hacer escalada en hielo en histórico Puente del Inca.
“Aprovechá el don que tenes porque no a muchas personas les pasa que no les afecta demasiado la altura”, le dijo su instructor. Motivo que también lo llevó a realizar ahí mismo el ascenso en Vallecitos, a 5.573mts. Sobre el nivel del mar. La cumbre del Aconcagua estaba la mira y le llevó a Jerónimo aproximadamente un año de preparación física y mental para poder concretar esa travesía que – oficialmente- comenzó a desarrollarse el pasado de 13 de enero. Junto con su guía, Julián, Agustín Lommo (oriundo de La Plata) y un español llamado Domingo Expósito (que el día que llegaron a destino cumplió 56 años), emprendieron viaje quedando a merced tanto de sus conocimientos, de su físico como de la naturaleza. “En el ambiente de montañismo siempre dicen que “la última palabra de ascensión la tiene la montaña”, es decir, si te deja subir o no”, explicaba el joven mientras iba recordando cronológicamente su aventura y complementando con imágenes fotográficas sus palabras. Esta pequeña “familia” que habían armado se aferró a su objetivo desde el primer momento y así, día a día, fueron sumando “un montón de buenas acciones” para lograr superar las distintas etapas que componen el recorrido hasta el pico máximo que, según Guirrieri, era “la frutillita del postre”.
Cinco días y cuatro noches en Las Cuevas (Puente del Inca) les bastó para comenzar con la primera etapa que la llaman “aclimatación”. Ubicados a 3200mts. Lograron durante ese período de tiempo subir el cerro Santa Elena (accediendo desde Chile) y El Mirador, ambos de más de 4500mts. De altura.
Una vez aprobados los checkeos médicos y dentro del parque, el ascenso al Aconcagua comenzaba para todos. Con sus tres capas de indumentaria técnica, bolsas de dormir, agua (1lt. X 1000mts.), comida (hasta un Nutella que lo terminaron comiendo congelado) y -por sobre todas las cosas- voluntad, los cuatro hombres llegaron después de tres horas al primer campamento: “Confluencia”.
Pero eso no era todo para hacer en la segunda etapa: otra caminata de nueve horas debieron realizar para hacer base en el siguiente campamento llamado “Plaza de Mulas” ubicado ya a 4300mts.
Lo que más le llamó la atención al joven músico fue que el lugar era como “una ciudad”: había servicio de traslado de equipamiento en mulas (de ahí el nombre), de cocina, lugar para dormir… hasta una galería de arte perteneciente a un señor de Buenos Aires que pinta y vende allí sus obras. Entre mates, guitarreada y charlas, los viajeros disfrutaron de un “insólito” estado climático.
“Hacía dos años que en el Aconcagua no había tantos días de sol seguido”, comentaba respecto del calor que los acompañó durante el día. La siguiente etapa, donde ya rozaba los 5000mts. y las dificultades eran cada vez más consistió en trasladarse a otro campamento (Plaza Canadá). Subiendo y bajando varias veces, se establecieron en el comienzo del fin: la última etapa arrancando desde “Nido de los Cóndores”.
Este grupo sólido, homogéneo y estable se jugó a todo o nada el día 27 de enero (tan como lo habían estipulado hacía tres meses atrás) partiendo a las cuatro de la mañana y desde los 5500mts. en donde estaban.
“En ningún momento sentí miedo, uno va preparado para cualquier cosa”, aseguró Jerónimo a pesar del cansancio, el frío de la noche que congelaba el agua que debían beber, el viento que amenazaba con volar la carpa… “La última parte era muy empinada y difícil, estábamos tan alto que cuando medimos la presión atmosférica nos dio 400hPa… ¡no había aire! Así que para el último trayecto hacíamos ocho pasos, descansábamos, intentábamos respirar y seguíamos”, contaba el músico aventurero y continuó diciendo que para los cien últimos metros tardaron una hora en hacerlo. Las lágrimas que brotaban
de sus ojos ya venían desde antes de llegar a tocar la cruz que marca el fin del ascenso y el abrazo grupal con gritos victoriosos incluidos terminó de cerrar el sueño. Un sueño que era realidad. “Se me vinieron a la cabeza un montón de imágenes de lo que fue el entrenamiento, esas cosas que uno hizo y que nadie más que vos lo sabe. Te acordas de la familia, de los amigos… y es difícil no pensar en todo lo que hiciste durante esos quince días, en que hiciste un poquitito para ir llegando a la cumbre. Hasta que llegas y decís: ‘Todo lo que hice fue para esto’”, dijo muy emocionado. Jerónimo continúa dictando clases de saxo y ya, a corto plazo, proyecta un viaje a Bolivia para continuar haciendo rapel y escalada en hielo. Y quién sabe, algún día podrá volver a “Plaza de Mulas” pero para dar un espectáculo de música y así combinar sus dos pasiones.