ESCRIBE: HERNAN LEONEL
Armando Dodorico lleva más de veinte años trabajando en algo que él define como “una pasión”. Primero en plazas de Luján y luego, hace ya tiempo, en Pueblo Nuevo. Tal vez sea una de las pocas profesiones que la tecnología aún no nos ah quitado y es más que probable que no lo sea. Su familia, su pueblo, su enfermedad, su lucha contra el tiempo y la política de turno, sus inicios y por supuesto; la calesita.
El sol veraniego se hace notar hasta en la mismísima sombra, ahí donde todo es oscuro y frío, los rayos penetran y se hacen notar, cual lo hace ese hombre, de tez clara, barba prolija y blanca y una sonrisa que ilumina aún más que el mismísimo Ra espera de manera paciente su salida tras una larga noche invernal. Ahí se encuentra Armando, en lo que él llama: “su mundo”, donde los juegos parecen cosa de chicos pero a los cuales todos hemos querer de volver a usar. Como ese juguete perdido y añorado de la infancia, tan querido y amado pues así es Armando. Un hombre a quien todo un pueblo quiere, respeta y hasta envidia; claro, sanamente. Es que él ama su trabajo, ama ver el alba, tomar unos mates, charlar con Claudia (su esposa y amor eterno) y salir de su casa para realizar lo que más le gusta. Abrir la calesita y que vuelen las risas.
“Ver la carita de un nene dando una vuelta en la calesita me alegra el día”, nos cuenta y añade: “es sin lugar a dudas uno de los mayores placeres que te da la vida”.
Si nos trasladamos en el tiempo, su curriculum vitae nos traslada a Luján, uno no tan distinto (desafortunadamente) al que vemos en la actualidad, ciudad de la Fe y de la Historia, ciudad de infinitas anécdotas y aventuras y ciudad que fue pionera de parques de diversiones y cuna de las cuasi extinguidas calesitas. De esas que estaban en cada plaza, en cada espacio verde que se prolongaba a lo largo y a lo ancho. “Por supuesto que me genera tristeza que no hayan tantas como antes, pero es una realidad, los chicos crecen tan rápido y rodeados de tanta tecnología que se aburren acá”, acota señalando con el índice el suelo donde nos encontramos. “Pero por otro lado, también les genera una especie de intriga cuando ven a otros niños el disfrute y la emoción que les causan estos juegos donde ellos no pueden manipular, es que tratan de esconder su alegría pero es más fuerte que ellos y denotan su sonrisa”, agrega.
Claramente no tiene despericio su interpretación. ¿A quién no se les escapó una carcajada, de esas que te hacen doler la pansa, luego de un paseo a bordo de un animal, un auto, un avión u otro objeto? Lo recuerdo y me pongo a reír mientras redacto esta bella entrevista. Pero no lo quiero aburrir, estimados lectores. Volvamos a él.
Luego de unos cuantos soles, la vida lo trasladó a Pueblo Nuevo, una localidad cercana a Luján donde pudo volcar toda su magia e inundar de alegría una plaza que no poseía otro futuro más que el abandono y por qué no la usurpación, basural, aguantadero u otros males que acechan a cualquier espacio verde del cordón del conurbano bonaerense. Ahí fue entonces, en el “patio” de la capilla del lugar que un tal Armando, tocayo de nuestro entrevistado y cura de aquel entonces, decidió cederle ese espacio para que él pudiese destinarle otra impronta. Y qué mejor que colocar una calesita. Poco a poco y con ayuda de gente querida y el apoyo incondicional de su familia, Armando logró poner en funcionamiento los tan ansiados juegos y de repente la noche ya no era tenebrosa y vacía, había algo especial e introvertido, había y hay una calesita. Insisto con que había, porque el gobierno de turno de unos pasados años, intentó sacarla.
Bueno, aquí la verdad. La sacó, borrón y a otra cosa, pensó el gobernante de turno que no pudo atornillarse al sillón y que irónicamente se convirtió en un bufón. “Esos días eran largos, interminables, veía de manera tan fácil como se desmoronaba todo que no creía lo que mis ojos veían”, recuerda con angustia y ojos brillosos y agrega: “mis hijos (Santiago y Albina, párrafo aparte para la hija ya que su apodo “Tuqui” le da nombre a la calesita) eran chicos y me daban energía suficiente para saber que de una u otra manera todo iba a cambiar”.
Y así fue, otro Párroco, esta vez con otro nombre diferente al de él pero con la misma impronta y decisión, Luís Jáuregui, fue quien le tendió una mano y con la ayuda de tanta gente querida se pudo reconstruir y poner todo en su lugar para que hoy esté ahí su amada calesita. Ni el gobierno de turno, ni la enfermedad que padece (distrofia muscular) que le impide realizar ciertos esfuerzos musculares, valga la redundancia, podrán dejar que Armando
se despierte cada mañana e ilumine una plaza y su cara, ya que si tuviese que describir un momento feliz no duda y asegura que son “todos los días”.
“El solo hecho de venir acá, me hace sentirme en plenitud; ver a los nietos de los chicos que venían… (suspira) es algo maravilloso”
Tampoco duda ante la última pregunta, esa que intriga en los sueños y busca una respuesta con final abierto. “Mi deseo es que este linda”