Luego de atravesar por una fuerte crisis institucional, finalmente el Concejo Deliberante regularizó su situación eligiendo sus autoridades.
Como se sabe, en la primera sesión – que se denomina preparatoria- asumieron los nuevos concejales electos en los comicios generales de 2017, ya que el cuerpo legislativo local se renueva por mitades cada dos años. Es decir que diez nuevos ediles ocuparon sus bancas deliberativas.
Pero, tomar juramento a los nuevos integrantes del poder legislativo local es sólo uno de los objetivos de esa sesión preparatoria.
El otro es el de elegir las autoridades del Concejo para los próximos dos años.
Esta segunda finalidad no fue alcanzada.
Viene al caso recordar que se trata de una sesión distinta a todas, que tiene esos dos objetivos únicamente y que es presidida –así lo dispone la Ley Orgánica Municipal en la Provincia de Buenos Aires- por el concejal de mayor edad de la lista ganadora de las últimas elecciones generales, oficiando de Secretario el edil de menor edad de la misma lista.
En esta oportunidad ocuparon la Presidencia y la Secretaría los elector Daniel Curci Castro y María de la Paz Elías, respectivamente.
Hasta allí la normalidad pareció acompañar la sesión del Concejo. Pero sólo hasta allí, porque después sobrevino una situación que trabó el funcionamiento de una institución fundamental en los Municipios, como es el Departamento Deliberativo.
Efectivamente, todo se desencadenó cuando el oficialista Frente Cambiemos propuso para la presidencia al radical Carlos Pedro Pérez, rechazado de plano por el arco opositor, cohesionado tras la figura del ex Intendente y nuevo concejal Miguel Angel Prince.
El clima tenso subió de tono cuando Cambiemos propuso como Vicepresidente 1º° a Alejandra Rosso –del riñón vecinalista- con la clara pretensión de controlar el cuerpo ante cualquier contingencia, al tener las dos máximas autoridades legislativas.
Discusiones, reproches, reprobaciones y algunas agresiones verbales de parte del público asistente, evidentemente convocado por los distintos partidos políticos que se disputaban, a la vista de todos, los espacios de poder.
La disputa condujo a un cuarto intermedio, que asomó como un paliativo al caos y, al mismo tiempo, como una oportunidad de arribar a un acuerdo entre las fuerzas partidarias.
Idas y vueltas y el regreso. Nada había variado.
El oficialismo sólo cambió los nombres, pero no su aspiración de ocupar la presidencia y la vicepresidencia 1°. Ahora los candidatos propuestos para esos cargos eran Fernando Casset y Marcela Manno, respectivamente.
Sólo obtuvo el acuerdo opositor el candidato a la presidencia propuesto, dirigente de la Unión Cívica Radical, Fernando Casset.
Se mantuvo la discrepancia en torno al segundo cargo –vice 1º°- dejando en claro que no se trataba de una descalificación personal, sino de que la oposición entendía que le correspondía ese cargo.
Fracasaron los esfuerzos opositores. Era evidente que el oficialismo pretendía definir la cuestión con el voto.
Y así fue. Esta vez los distintos partidos de la oposición no abandonaron sus bancas, dando quorum. Votaron a su candidato y perdieron lealmente. Al parecer no se sostenía otra retirada estratégica para que el Concejo Deliberante no pudiera sesionar, pues las críticas de la comunidad fueron durísimas.
¿Cómo discutir que el más legítimo procedimiento para decidir en democracia es el ejercicio del voto? Esa pareció la razón irrebatible y el origen de una derrota anunciada.
Aún así, Miguel Prince logró liderar una oposición fraccionada, que no supo obtener protagonismo y cedió imagen ante el posicionamiento del princismo.
Muchos protagonistas de otras sesiones se desdibujaron en esta ocasión. El veterano ex Intendente había logrado un objetivo político personal, tomando la iniciativa y marcando el camino del conjunto de los opositores.
Ni su discurso ni sus jugadas políticas han cambiado.
En un clima de discordia, sin embargo, tal vez un episodio no menor pasó casi inadvertido entre los observadores.
Porque, en realidad, si bien Cambiemos obtuvo el triunfo en la votación del Concejo Deliberante, el resultado fue por la aplicación de un mecanismo legal de desempate, ya que el resultado fue un empate, registrándose diez votos por el oficialismo y diez votos por la oposición.
En el momento de votar, Prince pide la palabra para fundamentar su voto. Preanuncia el empate y le pide al Presidente de ese momento –el concejal Curci Castro- que reflexione, que todavía está a tiempo, para que al momento de votar no le otorgue el triunfo a cambiemos utilizando el voto doble del Presidente en caso de igualdad.
Pocos minutos después, en una intervención innecesaria, otro concejal del princismo, César Siror, sostiene la misma posición.
Tras completarse la votación –alcanzado el empate diez a diez- el presidente de la sesión preparatoria aclara públicamente que el desempate no se produce porque el presidente tenga y utilice el voto doble en caso de igualdad, sino porque le Ley Orgánica, en uno de sus artículos, dispone que en esa situación se consagrará a los candidatos propuestos por el partido político ganador de las elecciones generales, en este caso Cambiemos.
Así quedaron consagrados los candidatos del oficialismo, quien acaparó el cargo de Presidente, los de Vicepresidente 1º° y Vicepresidente 2º° y de Secretario.
Por si fuera poco, Prince y Siror sufrieron la humillación de ser corregidos públicamente en una suerte de lección cívica por parte del presidente del Cuerpo legislativo.
¿Tras cuatro mandatos de intendente, Miguel Prince desconocía que no había voto doble? Evidentemente sí, Por supuesto, Siror también.
Ante el conflicto que se prolongaba por tantos días, la búsqueda de soluciones, una nueva sesión preparatoria ¿no leyó la ley? Así demostró la responsabilidad con la que asumió su condición de concejal, fue la síntesis de muchos comentarios.
En medio de la irregularidad institucional –afortunadamente superada- una perla brilló en el firmamento legislativo local.
Lamentablemente sirvió para mostrar la mediocridad, la ignorancia o la incapacidad de los representantes del pueblo. Para mejor decir, de algunos de ellos.
Para peor, de quienes aspiran a un liderazgo contundente. Algo que, para quienes reclaman calidad institucional, no sería más que un nuevo retroceso.