Las luchas gremiales son parte de la historia de una sociedad, tanto como las de los estudiantes, los maestros o cualquier otra.
Claro que no todas se aprecian de la misma manera. Y –de ello no hay dudas- entre todos los reclamos, o mejor dicho, entre todos los reclamantes, los que tienen peor imagen son, en general, los sindicalistas.
Por otra parte, tampoco todas las manifestaciones de protesta, reclamos o acciones llevadas a cabo en defensa de los intereses de algún sector, son iguales.
Algunas cuentan con el apoyo – o, al menos, la simpatía - de la comunidad. Otras – por el contrario - recogen el rechazo o, directamente, el repudio social mayoritariamente apreciado.
Y, aunque las medidas de fuerza de un conjunto de individuos unidos por el mismo quehacer o actividad, puedan ser legítimas, la reacción popular suele ser más producida por las sensaciones que las protestas transmiten que por las razones que las generan.
De ese modo, también suelen ser un ejemplo, o un mal ejemplo, por sus formas, más que por los motivos por los que nacen.
Está llena de muestras la viña del Señor. Malos dirigentes, malas ideas, malas acciones, malas formas, empañaron tantas veces una petición justa, que terminan cobrando más importancia los procederes que las pretensiones.
Nuestra patria chica no ha escapado a esas situaciones que – aun si constituyeran planteos puramente gremiales- han merecido la desaprobación general de la población y terminaron siendo descalificados por los propios interesados en el reclamo.
Es que la metodología empleada en la protesta tiene directa relación con quienes la llevan a cabo. En otras palabras, la calidad de la acción está ligada a la calidad de los dirigentes que la impulsan.
Claramente, no es lo mismo despertar la curiosidad, el interés o el apoyo de la ciudadanía dando clases explicativas en espacios públicos, destinadas a concientizar a los oyentes sobre el tema en reclamo, que arrojar basura en ámbitos de circulación de personas de todas las edades, o quemar neumáticos, o dañar bienes ajenos, o cortar rutas que otros necesitan usar para sus actividades, tan valiosas como las de los manifestantes.
Decididamente no es igual. No son comparables ambos procederes.
Hace pocos días – hasta podría decirse, pocas horas- se produjeron efectos alarmantes de un paro sindical que dispusieron tres sindicatos en representación de los empleados municipales. Lo que se pudo apreciar, en vivo y en directo, fue el comportamiento deleznable de quienes no respetan ni a instituciones, ni a personas, ni a cosas.
Tras prolongarse por más de un mes y medio la huelga ordenada por el Sindicato de Trabajadores Municipales, el Sindicato de Empleados Municipales y la Asociación de Trabajadores del Estado, en la instancia de negociaciones paritarias convocadas por el Intendente Luciani, los sindicalistas volcaron residuos de toda clase en el acceso a la Municipalidad, impidiendo el ingreso de vecinos y empleados, y generando no solamente un basural en el lugar, sino una fuente de infecciones y contaminación que puso en riesgo la salud de quienes intentaron pasar por la escalinata de entrada a la sede comunal.
En realidad –se replica por todos lados- se trata de acciones apoyadas o hasta –se dice- dirigidas por la oposición política del gobierno municipal, que quieren perjudicar al actual Jefe Comunal.
Todo comenzó cuando los sindicalistas –encabezados por el histórico dirigente Samuel Enrique Peñalba –quien parece conducir los tres gremios o, al menos, a quienes los dirigen- comenzó con un paro en medio de las negociaciones paritarias, y antes de que se cumpliera el plazo para concluirlas. Mucha gente se sorprendió al ver cómo el dirigente gremial de peor imagen local se llevaba “de las narices” a veteranos gremialistas como Acedo de A.T.E. y otros conocidos sindicalistas.
De allí a la toma del edificio municipal, impidiendo el funcionamiento de las distintas dependencias que se encuentran en él, la instalación de una carpa – sin permiso alguno - en la Plaza Colón, ocupando un espacio público que es de todos, el fuego encendido en el lugar, los ruidos, etc. hasta los insultos y la manifestación de viva voz en el recinto del Concejo Deliberante de que no tenía que haber más sesiones hasta que les dieran el aumento que los gremios pretenden, sólo hubo unos pocos pasos.
Si esa actitud se evidencia como una conducta antidemocrática, lo peor del caso es que fue compartida y acompañada visiblemente por algunos concejales del “princismo”.
Los casi dos meses de huelga, que pretendiendo mostrarse como una reivindicación gremial en realidad oculta un plan político para producir un caos en la ciudad, ha imposibilitado la prestación de los servicios más esenciales, como las inhumaciones en el cementerio municipal, que los huelguistas se han negado a hacer.
La recolección de residuos se ha visto afectada, y todos los servicios en general, poniendo a la gente de rehén de un sindicalismo salvaje, que no ha vacilado en volcar residuos en el acceso al Municipio, impidiendo el ingreso y egreso de quienes necesitan hacerlo.
Más todavía, el grado de violencia es de tamaña dimensión que Peñalba y sus incondicionales no vacilaron en golpear al Subsecretario de Servicios Públicos de la Municipalidad cuando el funcionario intentaba despejar el espacio en el que se había arrojado la basura.
La situación de entorpecimiento sistemático llevado a cabo por un aparente reclamo gremial –con claros y evidentes fines políticos- sólo ha logrado postergar el incremento de sueldos de los trabajadores municipales, algo que parece estar en un segundo plano para Peñalba y los seguidores que lo rodean. En tal sentido se ha anunciado que el Intendente dispondrá un ajuste salarial por decreto.
Pero también se dispondría el descuento de los días de huelga a quienes no trabajaron normalmente. Una medida que –se asegura- ha sido vista con beneplácito por los agentes municipales que no dejaron de realizar sus tareas y, fundamentalmente, por el grueso de la población que no entiende cómo se les remuneran los días no trabajados a quienes adhirieron a la huelga sindical.
En círculos políticos se habla de un plan de desestabilización, motorizado por los sectores kirchneristas y acompañado por las otras expresiones de la oposición peronista que se manifiesta solidaria en el Concejo Deliberante.
La no concurrencia de esos concejales a las sesiones del Concejo, así como su decisión de retirarse e impedir las votaciones de proyectos a resolver –aprobándolos o no- los coloca en la misma situación que los empleados huelguistas. Con una diferencia, los concejales siguen cobrando sus sueldos sin trabajar como deberían.
Es hora de que la gente común –que aporta sus impuestos para tener servicios- sepa quiénes trabajan y quiénes no, quiénes cobran sin trabajar y quiénes dicen una cosa pero hacen otra.
Las actitudes antidemocráticas están a la vista, día tras día, semana tras semana, por parte de quienes se creen dueños de las instituciones, de la vía pública, de los bienes de la comunidad con los que se brindan servicios públicos. Esos mismos que ensucian los espacios públicos, impiden el funcionamiento de la administración municipal, insultan a quienes fueron elegidos por el pueblo, no cumplen con las leyes, se comportan con un salvajismo propio de las “patotas” y así actúan libremente.
Ser dirigente requiere asumir responsabilidades, estar preparado, ser un ejemplo para aquellos a quienes se representa. Ser dirigente - en cualquier ramo o actividad - es comportarse como un modelo de ciudadano. Sencillamente eso.
En cambio no lo es quien apela a la violencia, quien se manifiesta sin respeto a sus semejantes, quien es un antimodelo y un mal ejemplo.
Algunos que invocan su condición de dirigentes gremiales pero que se comportan de manera vergonzosa, deberían mirarse al espejo.
Tal vez se darían cuenta que tienen mucho para aprender, pero accediendo a la educación y a los libros, no eligiendo transitar por el peor camino.