Conducir un automóvil es mucho más que trasladarse de un sitio a otro en un medio mecánico. Equivale a ver cómo nos conducimos nosotros mismos.
Porque no se trata de acelerar más que los otros conductores excediendo la velocidad máxima permitida, adelantarse por la derecha utilizando la “viveza criolla”, o ignorar la luz roja del semáforo porque no hay quien nos controle.
Conducir bien –conducirnos bien- significa respetar las reglas. Nada más ni nada menos. Tanto en la ruta como en la vida.
La convivencia social así lo exige. Y los ciudadanos de bien pueden seguir todos los caminos democráticos para cambiar una norma con la que no están de acuerdo, pero jamás violentarla, sea con ese o con otro fin.
El apego a la ley es una premisa elemental que rige como un deber impuesto a las conductas humanas. Y si así es –o debe ser- en la vida privada, mucho más lo será en la función pública, donde los representantes del pueblo asumen enormes responsabilidades y se erigen en ejemplos o modelos de conducta.
La política suele ser el ámbito más visible de observación de los dirigentes partidarios. Sin embargo, muchas veces sirve para encontrarse con los peores ejemplos, con las conductas basadas en intereses o especulaciones –aunque se sostengan en la vulneración de las reglas fijadas por el conjunto social-, en mezquindades, prepotencia, desvíos antidemocráticos, ilegalidades, y toda suerte de mecanismos destinados a dañar al adversario, no importa cómo ni a qué costo.
Muchas veces nos sorprenden –o ya no tanto- las noticias que difunden los medios de comunicación, dando cuenta de hechos bochornosos protagonizados por políticos, dirigentes, funcionarios, etc. En otras ocasiones, la realidad que nos rodea alcanza para observar conductas que van en contra de las reglas de organización de la comunidad.
Sin ir más lejos, en el seno del Concejo Deliberante local se han mostrado –y se continúa haciéndolo- prácticas que, llevadas a cabo por algunos de sus miembros, no son compatibles con la propia institución que integran, no se ajustan al cumplimiento de sus deberes y resultan esencialmente antidemocráticas.
Como se sabe, una de esas prácticas, se ejercita no dando quórum para sesionar, lo que equivale a decir que se obstaculiza el funcionamiento de un órgano del Estado municipal, impidiendo el tratamiento del temario previsto.
En ciertos casos –como es el debate sobre la instalación de una planta de generación de energía eléctrica en Luján- la oposición unida se retira de sus bancas, o no concurre a ocuparlas, dejando al Concejo Deliberante sin la cantidad necesaria de miembros para reunirse y sesionar.
En otros términos, un grupo de representantes de la comunidad, permiten o cercenan, a su exclusiva voluntad, la posibilidad de tratar aquel o aquellos temas que ellos quieran. Es decir, se colocan por sobre la institución y no permiten que funcione democráticamente.
No se trata de pretender que, los concejales que fuesen, voten a favor o en contra de cierto o determinado tema, proyecto o cuestión, sino de que –votasen como votasen- no impidan, arbitrariamente, que el Concejo Deliberante se desenvuelva con normalidad.
El hecho es grave, sobre todo porque no se trata de una actitud aislada, sino de una conducta repetida, meditada, consciente, intencional, que persigue el fin de impedir el funcionamiento de una institución democrática.
Nadie, y menos un funcionario público, tiene el derecho de cumplir con las normas si quiere, y de no cumplirlas si no quiere. Nadie es el dueño de la voluntad social plasmada en las reglas de organización colectiva. Porque admitirlo sería la negación del Estado de derecho.
Sin embargo ocurre, ante la mirada incrédula de quienes, con sus votos, decidieron sentar en las bancas a sus representantes –de uno u otro sector, no importa- y que hoy no cumplen con su deber político esencial, que es trabajar en el rol de legisladores locales.
Pero la historia no termina allí. Hace pocos días, un grupo de exaltados, orientados por ediles kirchneristas, ingresaron al edificio municipal manifestando su protesta por algún tema –no importa demasiado cuál, pues no cambia su conducta- y, sin autorización de nadie sino en un virtual ejercicio de la fuerza, entraron a un área de acceso restringido, en el que se encuentra el despacho del Jefe Comunal, sus colaboradores más cercanos de la Secretaría Privada, y una sala de reuniones denominada “Sala de Situación”, ocupando de hecho esta última.
No se trató sólo de una conducta que se colocó por encima de las reglas, sino que puso en riesgo la custodia de documentación, elementos y bienes resguardados en esas dependencias, lo que motivó la intervención de algunos funcionarios, entre los que se hizo presente el Secretario de Seguridad del Municipio, Dr. Marcelo Oberti.
Según comentan los asombrados empleados municipales, aterrorizados por la invasión masiva de extraños al área más importante del edificio comunal, los intrusos contaron con el aval –o el mandato- del ex Intendente y actual concejal Miguel Angel Prince y de su incondicional subordinado César Siror, quien –según se dice- arengaba a los protestantes a ingresar a la mencionada “Sala de Situación”, finalmente ocupada.
Un hecho impensable e inadmisible.
Circular de contramano, a exceso de velocidad, no respetar las señales de tránsito o estacionar en cualquier parte, finalmente son detalles minúsculos en la vida social si se los compara con impedir el funcionamiento del Concejo Deliberante o violentar el acceso no permitido a un área de gobierno.
Vecinos exaltados –cualquiera fuese el motivo- o concejales que los guían y arengan para que actúen como actuaron, son decididamente conductores que van por la banquina.
Y si decimos que poco importa el motivo por el cual llevaron a cabo la protesta, es porque –cualquiera hubiese sido- no puede sino repudiarse la conducta puesta en evidencia. De unos y de otros. De quienes, siendo concejales, atentan contra el órgano del que forman parte y de quienes, siendo simples vecinos, invadieron dependencias municipales a las que no se les dio acceso.
Cuidado. Si esa es la metodología para hacer oposición política, olvidan que la “viveza criolla” puede ser celebrada por su círculo de sumisos, y hasta por Hebe de Bonafini, pero no por la gigantesca tribuna que observa la contienda.
Sólo llegan a destino los buenos conductores. Los otros, suelen acabar con el auto de sombrero.