Desde 1983 retomamos el camino de la democracia. Muchas críticas se han hecho a los gobiernos de turno, pero al fin y al cabo todos coinciden en que –pese a los problemas no resueltos- es el menos malo de los sistemas.
Por supuesto, para que el mecanismo republicano y democrático funcione, hay que respetar las reglas. Una de ellas es que el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes. Y otra, fundamental, es que la voz del pueblo se expresa en las urnas.
Para conocer la voluntad popular están las elecciones. Allí la gente se manifiesta libremente y elige, otorga confianza, un mandato, representatividad.
Por supuesto, alguno gana, otros pierden, otros ni siquiera recolectan las mínimas adhesiones para alcanzar una banca legislativa. Todos participan, sólo la gente decide.
Pero después, cuando los representantes comienzan a desempeñarse como tales, el pueblo observa sus desempeños, porque nadie recibe un cheque en blanco para actuar, sino que cada legislador fue elegido para trabajar por el bien común, no por sus intereses.
Hace pocos días, cumpliendo con las reglas de la democracia, se llevó a cabo la sesión preparatoria del Concejo Deliberante para tomar juramento a los nuevos concejales electos en octubre y para designar las autoridades del cuerpo legislativo local.
Según marca la ley, presidió la sesión el concejal de mayor edad de la lista ganadora de las elecciones, en este caso Daniel Curci Castro, del Frente Cambiemos, cuyo liderazgo político mantiene Oscar Luciani, actual Intendente municipal.
Tras asumir los concejales electos y dejar sus bancas los que cumplían su mandato, se pasó a tratar la elección de quienes presidirían el Concejo: un presidente, un vice primero, un vice segundo y un secretario.
El oficialismo propuso como presidente al concejal Carlos Pedro Pérez, de la Unión Cívica Radical y como Vicepresidenta primera a la vecinalista Alejandra Rosso, hasta hace pocos días Secretaaria Privada del jefe comunal.
Inmediatamente la oposición rechazó la propuesta, manifestando no estar de acuerdo con la designación de Pérez –al que le imputaron hechos de inconducta, negados por el aludido y el bloque oficialista- y reclamando para la oposición el cargo de vicepresidente primero.
No hubo acuerdo y se pasó a un cuarto intermedio.
Terminado el lapso de conversaciones,sin éxito, volvieron a las bancas,reiniciándose la sesión. Sólo restaba votar para resolver la cuestión.
En ese momento pidió la palabra el concejal Jurina, del “massismo” quien anunció que -ante un resultado previsible- la oposición unida se retiraba del recinto para impedir la votación. Y así lo hicieron.
Luego el griterío de algunos exaltados presentes, que respondían a los opositores agrediendo al oficialismo, el escándalo, la barbarie.
Pero más allá de ello –producto, básicamente, de la falta de educación- lo más importante es la conducta de los concejales, no de los irrespetuosos que insultaban desde la barra.
¿Qué conclusiones permite sacar una actitud como la que tuvieron los concejales que se retiraron para que una institución no pueda funcionar?
Lo primero no es que no aceptan la propuesta del oficialismo, sino que no respetan las reglas de la democracia.
¿Cómo se resuelve en democracia un tema en el que no hay acuerdo? Pues, de una sola manera: votando.
Algo que parece de poca importancia para los concejales opositores, que se encolumnaron detrás de Miguel Angel Prince, como escolares siguiendo al preceptor, para salir al recreo, asfixiados por una materia que no entienden.
Poca importancia pareció tener, en aquel momento, que el sector político gobernante estuvo seis años sometido a la decisión de la mayoría opositora.
Entonces ni a Prince –que aún no estaba en el Concejo- ni a Guibaud ni a ningún otro edil opositor se le ocurrió decir que imponer la decisión por medio del voto era antidemocrático.
Ahora –ante un casi seguro resultado adverso- no dejaron votar al cuerpo deliberativo porque no les gustaba el preanuncio de una derrota. Un retorcido caso de democracia a la carta.
La culposa retirada de los opositores, mezclados unos con otros, desdibujados por la mimetización, conducidos –casi sin darse cuenta- por un líder pasado de moda, fue impensado en un escenario democrático por excelencia, como el Concejo Deliberante.
Lo que algunos vivieron como una audaz jugada política, fue visto por la gente de a pie como una burla a las reglas de juego y a la voluntad popular.
Porque todos – y, por supuesto, los concejales- son dueños de sus pensamientos, de sus palabras, de sus juicios.
Pueden expresarlos y defenderlos, debatir y votar en contra de lo que no comparten. Pero nadie es dueño de una institución para someterla a sus ganas de dejarla funcionar.
La actitud de quienes así obraron es una clara muestra de que les atrasa el reloj de la realidad. La gente no quiere peleas, está harta de los enfrentamientos que se generan por la confrontación de intereses partidarios, no por la defensa de principios políticos.
No se puede actuar de una manera cuando tengo las manos suficientes para ganar una votación legislativa, y no dejar que se vote cuando voy a perderla como consecuencia del número de representantes que –de un color u otro- la gente decidió que allí estuvieran.
Sin embargo, algunos siguen viviendo la primavera de los años setenta, pero ya no con alguna dosis de idealismo, sino dando los últimos manotazos de ahogado en una ciénaga de especulaciones egoístas y dañinas.
Otros, incapaces y sin personalidad, siguieron sumisos el ejemplo que los conduce al barranco en el que sepultarán su imagen y sus pretensiones políticas.
En todo caso, que las autoridades del Concejo Deliberante se elijan en unos días, en unas semanas o en unos meses, pasa a segundo plano cuando estamos ante una situación inadmisible en la que una institución de la república es rehén de las conductas antidemocráticas de quienes viven de ella.
Es imprescindible que nadie reaccione pensando en que falla la institución, porque no hay dudas de que los que no están a la altura de la representación que les ha sido confiada, son quienes se comportan dando una pésima muestra de desempeño democrático.
No hay dudas de que lo ocurrido es un mal ejemplo de retroceso. Se renovaron los concejales, se retrasaron las ideas. El Concejo incorporó nuevos pensadores, pero portando viejos pensamientos.
La realidad cambió, y lo seguirá haciendo. La enseñanza, los emprendimientos, las investigaciones, la producción, el trabajo, las expectativas, todo evoluciona.
Pero en algunos sectores de la política existen dirigentes que siguen manteniendo concepciones superadas, compañías desgastadas, viejos y desteñidos discursos llenos de frases que nada dicen, aunque se las pronuncie con tono moderado y actitud aparentemente generosa.
La sesión preparatoria del Concejo Deliberante fue una muestra de la verdadera actitud de los demócratas que se retiraron del recinto.
No por casualidad fueron perdiendo gravitación en la integración del poder legislativo local, y ni qué hablar de las derrotas que recibieron en las elecciones generales de 2011 y 2015 en las que estuvo en disputa la intendencia local, y la de 2017 en la que el triunfo del oficialismo en las legislativas fue contundente, ganándole a la sumatoria de todas las otras fuerzas.
La actitud de los concejales que se fueron del debate, sin darlo, y la conducta patoteril de un grupúsculo de exaltados que insultaban desde la barra a los ediles oficialistas, deben ser repudiadas.
No es éste el camino del consenso ni del disenso. No es el de la solución pacífica conforme a las reglas. No es la del respeto a la voluntad de los demás, sino a la pretensión de imponer la propia voluntad aunque no tenga los votos ni el respaldo popular contenido en las urnas.
La sensación de frustración, de fracaso, de retroceso en la calidad democrática de los dirigentes, invadió el ánimo de la gente común.
Y lo peor es que nace de quienes deberían ser ejemplo de los demás y, en algún caso, por su experiencia, hacer docencia para generar nuevos y mejores militantes.
Lamentablemente, el mal maestro da malos ejemplos. Y los malos alumnos los siguen.
Los resultados del fracaso los conducirá a revisar los resultados obtenidos por cad uno en su gestión.
Y, probablemente, deberán recursar la materia para la que se han inscripto.
En la era de la informática, ya no se mide el tiempo con el reloj de arena.