Con el correr de los años ya deberíamos saber que cuesta mucho esfuerzo hacer obras públicas que beneficiarán a la comunidad en su conjunto.
En última instancia, las hiciere quien las hiciere –algo que poco importa después de realizadas- siempre forman parte del progreso social.
Pero después de logradas hay que cuidarlas, conservarlas, mantenerlas. Y allí comienza otra historia.
Porque, aunque el Estado tenga el deber de ese mantenimiento, cuidarlas es una responsabilidad de todos, e involucra a la propia comunidad. Algo que –a la luz de lo que puede verse con frecuencia- no parece formar parte de la cultura ciudadana.
Estamos llenos de ejemplos cercanos, lamentablemente. Y, según quiénes los miren, generan opiniones y reacciones diferentes.
Ya no asombran las pintadas en las paredes de los edificios públicos y privados, las que, con sólo ver el daño que producen, despiertan el repudio de la amplia mayoría de los vecinos respetuosos de las normas, de las propiedades ajenas y de los bienes públicos, que son de todos, no de los vándalos que los destruyen.
Hace pocos días, la misma atrocidad se produjo en el monumento al Gral. San Martín –emplazado en el parque que lleva su nombre- que permite apreciar una destacada estatua ecuestre del prócer. Allí también aparecieron las pintadas de quienes nada ganan haciendo ese daño, sino demostrar su inadaptación a la sociedad, su estúpida conducta contraria a las reglas de la convivencia, y – aunque pese concluirlo- su condición de delincuentes.
No está en tela de juicio, para nada, el derecho a la protesta o al reclamo social. Manifestarse es un derecho que debe ser respetado.
Pero así como ese derecho debe ejercerse dentro de la ley y no debería afectar los derechos del resto de la sociedad, mucho menos puede transformarse en un canal de violencia que conduzca al deterioro o la destrucción de bienes que pertenecen a la comunidad o, simplemente, a terceros.
La realidad nos muestra lo contrario. Y quienes salen a las calles a expresar una petición, una disidencia, una necesidad, terminan –amparándose en el marco de un legítimo reclamo- rompiendo, dañando, destruyendo lo que es de todos. Y, por lo tanto, demostrando su incultura, su obrar delictivo, su barbarie.
Y lo peor termina siendo que los dirigentes –del sector de que se trate, político, gremial, social - alientan esas conductas condenables, en lugar de impedirlas. Pobrísimo ejemplo de una lamentable incapacidad de conducción o de una repudiable complicidad con el delito.
No podemos dejar de vincular esos hechos con un escenario que se avecina en los próximos días, y que preanuncia conflictividades. Nos referimos al inicio de las negociaciones paritarias entre el gobierno municipal y los distintos gremios que agrupan a los empleados del Municipio.
Año tras año, se arribó a la celebración de acuerdos muy beneficiosos para los trabajadores del sector que desde el inicio de la primera gestión del actual Intendente Oscar Luciani, cobran sus haberes en tiempo y forma, algo que no pudieron cumplir sus predecesores. Ni Miguel Angel Prince ni Graciela Zulema Rosso lograron darle una pincelada de verdad a su pregonada justicia social. Muy por el contrario, los postergados empleados municipales financiaban u- na catastrófica cadena de deudas contraídas por las mencionadas y sucesivas administraciones, sin posibilidades de pagarlas.
Sin embargo, así como en ambos gobiernos justicialistas no se hacía visible ningún reclamo callejero –tal vez, entre otras causas, porque en la gestiónprincista Samuel Enrique Peñalba, Secretario General del Sindicato de Trabajadores Municipales, al mismo tiempo formaba parte de la patronal, ocupando el cargo de Director de Servicios Públicos- durante la actual gestión las manifestaciones en la vía pública –en plena etapa de negociaciones paritarias y sin que se hubiera agotado el diálogo ni la instancia de propuestas- ponían en vilo al vecindario cercano a la sede municipal.
Y no terminaban allí. Todos recuerdan la instalación de una carpa sindical de gran tamaño en la Plaza Colón –frente al Municipio- donde se cocinaba, se descansaba, se escuchaba música a gran volumen, se generaban ruidos, olores, humo, etc.; el estruendo producido por bombos, redoblantes, petardos, etc.; la toma de las instalaciones de la Municipalidad impidiendo ejercer el derecho a trabajar de quienes quisieran hacerlo, y –más aún- imposibilitando a los vecinos que concurrían a la sede comunal hacer sus trámites o abonar sus impuestos.
Y, además, los que no sólo fueron hechos repudiables, sino que produjeron daños impunes, como las consecuencias de la quema de neumáticos en plena calle San Martín –con la consecuente rotura del pavimento-, la expansión del humo producido por esos focos de fuego –que afectaron mercaderías de comercios aledaños- y otras tantas secuelas negativas.
¿Qué pasará este año? – es la gran pregunta de quienes esperan, no sin temor, que los sindicalistas no repitan lo que hicieron antes.
Todos saben que tanto los dirigentes del Sindicato de Trabajadores Municipales (STM), como del Sindicato de Empleados Municipales (SEM), y de la Asociación Trabajadores del Estado (ATE), se identifican políticamente con el justicialismo. Y, a veces defendiendo lo indefendible o queriendo disimular lo indisimulable, sienten deambular el fantasma del reaparecido Miguel Prince, que empalidece su pobre gestión gremial.
Los reclamos gremiales son fácilmente previsibles. Todo el mundo preanuncia el rechazo sindical a un ofrecimiento de mejoras salariales que efectuará el gobierno local y que -se dice- estaría en torno a un 15% para este año. Y de allí en más, las protestas.
No pocos especulan que los sindicalistas prefieren demorar cualquier acuerdo para sacar provecho de la crisis. Por un lado porque aparentan defender a los trabajadores impulsando un supuesto “plan de lucha” –que, sin una sola idea ni propuesta, no pasa del sonar de bombos y platillos- y por otra parte – tal vez el objetivo mayor- porque interpretan que, de esa forma, dañan la imagen de Oscar Luciani y del gobierno municipal en su conjunto.
Ni siquiera perciben que la gente – el conjunto de la sociedad- está harta de esos recursos medievales que a nada conducen.
Este año, la semipeatonalización de la calle San Martín, brinda un nuevo y hermoseado escenario del espacio público. El que debemos cuidar entre todos, el que podemos disfrutar entre todos. El que no puede ponerse en riesgo –y menos ser dañado- por la barbarie de la quema de neumáticos, el vandalismo de las bombas o el uso de elementos contundentes para producir daños.
Deteriorar esa obra sería un crimen. Nadie –ni bajo el paraguas de un legítimo reclamo- puede romper, destruir lo que es de todos y se hizo con el esfuerzo de todos.
Esta vez debe impedirse –protegiendo lo que se hizo- si es que los dirigentes gremiales no tienen la capacidad de conducir, de evitar desmanes, con la excusa de que “las masas” los desbordaron. Sobre todo cuando cualquier vecino sabe que las marchas y desplazamientos son organizados y se les provee a los manifestantes de los elementos para hacer visible la protesta.
Hay vecinos que ya se están anticipando a lo que puede ocurrir y estarían dispuestos a unirse y movilizarsepara impedirlo, lo que aumenta el peligro de un enfrentamiento entre dos posiciones antagónicas, entre dos culturas. Por un lado los que defienden los bienes públicos y por el otro los que ya dieron muestras de su obrar dañino y destructivo.
El Estado debe cuidarnos y cuidar lo que es todos, que nadie tiene el derecho de dañar.
Es hora de que sindicatos concurran a la mesas de negociaciones con propuestas sostenibles –no con simples pretensiones inalcanzables- y que las defiendan con números, explicando cómo financiarlas, de qué manera y en qué plazos hacerlas efectivas, y las demás condiciones planteadas. Y ha llegado el momento, también, de quelos gremialistas se pongan los pantalones largos y ejerzan su rol de dirigentes, pues en general no son modelos de trabajo, ni generadores de ideas. En algunos casos, apenas se constituyen en defensores de haraganes, incumplidores y malos ejemplos.
Las paritarias servirán –una vez más- para comprobar si se repiten los conocidos mecanismos de discusión, rechazo, acercamiento, acuerdo, todo teñido por ruidosas marchas, huelgas y obstrucción del funcionamiento de los servicios, o si –por un milagro de la naturaleza- se genera un debate de ideas en el que, cada parte, tendría la oportunidad de rebatir los argumentos de la otra y proponer medidas superadores, no de quemar gomas que nada solucionan. No se consigue un endulzante yendo a las salinas.
Mientras tanto, la gente ajena al eventual pero casi seguro conflicto, teme por la preservación de la calle San Martín, que puede sufrir las consecuencias de una incontrolada barbarie.
Los días pasan, entre el temor de muchos y la vergüenza de pocos.