Mi derecho termina donde comienza el de los demás.
Esa frase funciona como reguladora; quiere decir que utilices tus derechos sin limitar los derechos de otros.-
Tu libertad termina donde empieza la mía.
El problema de las libertades, y el conflicto que se genera, ha estado presente en la mayoría de las manifestaciones sociales: la libertad de manifestarse en la calle contra el derecho al orden público, el derecho a parar las clases versus el derecho a estudiar.
Que mi libertad termina donde empieza la del otro es, por eso, un eslogan digamos vacío, por mucho que se le atribuya a un brillante pensador; vacío porque nadie sabe exactamente cuál es ese lugar donde termina la libertad de uno y empieza la del otro, y mucho menos quién y cómo fija ese límite. La discusión, tomando esta consigna como punto de partida, puede llegar al infinito.
Esto obliga a volver a una concepción de la sociedad fundada en una idea del bien común. Significa volver a una idea de la libertad que sea algo más que una ausencia de coerción, a una idea de la libertad entendida como “libertad para”, es decir, dirigida hacia algún bien. No es fácil determinar esto, pero la realidad suele ser compleja y reacia a acomodarse a fórmulas y soluciones fáciles. La gran pregunta es, entonces, dónde empieza el derecho a poner límites a la libertad de otros, y sobre todo, por qué.
A veces nos resulta sencillo exigir el respeto de nuestros derechos, sin notar que en ocasiones abusamos de los derechos de los demás sin ningún prejuicio, sin ninguna reflexión, tal vez por nuestra naturaleza de preservar nuestra manera de pensar, pero es importante que nos demos cuenta cuan grave es pasar ese limite invisible de la tolerancia, del respeto, y mejor debemos darnos cuenta que nuestros derechos terminan donde empiezan los de los demás.