La frontera es un límite, un punto demarcatorio. La frontera diferencia y separa dos mundos, dos países, dos territorios. Y también dos conductas.
Señala el confín de un distrito y se transforma en una barrera física, pero también deja de un lado el proceder legal, moral y ético, y del otro lado al que no lo es.
Hay fronteras impuestas por normas, otras por costumbres, y en general, también por el sentido común.
Los límites son frenos que se establecen para que nadie los traspase, o para que se cumplan ciertas condiciones para hacerlo, porque lo que puede entenderse como un derecho, pero que en realidad es un abuso, avasalla el derecho de otros, sean éstos ciudadanos comunes o la comunidad en su conjunto.
En nuestro país –a diferencia de otras culturas en las que ciertos procederes resultan impensados e impensables- sobran los ejemplos de falta de límites, o de excesos en las conductas que terminan violentando las fronteras entre lo que se puede y lo que no se debe, entre lo permitido y lo que no corresponde, en definitiva entre lo que está bien y lo que está mal.
Los hechos que se imponen por la fuerza son –de alguna manera- producto de la violencia. Cortar una calle, un puente o una ruta, impedir que ejerzan su derecho a trabajar quienes no adhieren a una huelga, amenazar a conductores de colectivos que circulan durante un paro de transporte, y tantos otros.
Es un método usado, en definitiva, para tratar de imponer un reclamo, no importa a qué costo y con qué consecuencias para los demás. Es creerse juez de un conflicto, declarando que uno mismo tiene razón.
En esa línea hemos visto –o, muchos de nosotros, sufrido en carne propia- que las acciones de protesta de distintos sectores nos dificultaron o impidieron realizar las actividades que teníamos previstas.
Es como la aceptación de algo que no debería ser, pero que ya forma parte del paisaje que estamos acostumbrados a ver. Es una suerte de resignación que nos hace bajar los brazos.
Cuando no hay límites –o éstos no se respetan- desaparece la frontera entre lo bueno y lo malo, entre lo plausible y lo reprochable, entre lo lícito y lo ilícito.
Y no necesitamos trasladarnos muy lejos para apreciar cómo se han ido desnaturalizando las conductas sociales. También en nuestro medio se han producido muchas veces, y se siguen manifestando, ejemplos –más vale decir malos ejemplos- de procederes cuestionables.
¿Dónde están los límites para encontrar la frontera perdida? ¿Es posible y aceptable el “todo vale” como marco de un reclamo social?
La respuesta no admite vacilaciones y se expresa con un “no” categórico. Si cada uno – o cada sector- hace lo que quiere caemos en un caos.
Si los actos son consecuencia de creer que están bien, aflora una ignorancia preocupante. Si, por el contrario, son deliberados, son una muestra de prepotencia e inadaptación social.
Recordemos la carpa instalada en la Plaza Colón por los gremios de empleados municipales en años anteriores, con las consecuencias –ruidos, olores, humo, molestias, etc.- que producían a transeúntes, comerciantes y vecinos de las cercanías.
Recordemos cuando esos mismos gremios cortaron la calle San Martín, frente a la Municipalidad, quemando neumáticos que dañaron el pavimento.
Recordemos cuando también esos sindicatos impidieron el acceso al basural a los vehículos que iban a descargar los residuos en el lugar. Y, lo peor, para eso se apropiaron de un camión municipal que atravesaron en la vía de acceso.
No basta, para los ciudadanos comunes, el premio consuelo de que los dirigentes sindicales que impulsaron, autorizaron o acompañaron esas conductas tengan una pésima imagen ante la sociedad. No alcanza para que se conformen las personas de bien que trabajan todos los días y que no transgreden las normas por intereses personales, aunque fuesen legítimos.
¿Cuál es el límite? ¿Quiénes atraviesan la frontera entre lo bueno y lo malo? ¿Con qué derecho lo hacen o creen hacerlo?
Hace pocos días, también los gremios municipales decidieron ocupar la Municipalidad y realizar allí una suerte de festival en el que no faltaron instrumentos musicales y artistas. Pero, además, la música y las canciones fueron acompañadas por la elaboración e ingesta de empanadas y tortas fritas.
En medio del jolgorio sindical, estaba la gente que necesitaba hacer sus trámites, los vecinos que querían cumplir con el pago de sus impuestos, esos mismos que aportan su dinero para que les paguen los sueldos a los empleados municipales. Los huelguistas impedían recaudar al Municipio y, al mismo tiempo, querían cobrar más.
Sin dudas, lo ocurrido es algo que resulta difícil de comprender para muchos, pero que no es lo único.
Lo más significativo es que los gremios y sus seguidores decidieron, por sí y como si fueran los dueños, apropiarse de un espacio público –una parte de lo que es la sede del gobierno municipal- y darle un uso para el que no está destinado.
No sólo –con esa conducta- están pasando por encima de cualquier norma, sino que carecen de sentido común.
Además de impedir la normal actividad de la administración y perjudicar al Municipio que no pudo recaudar porque el público, atemorizado, se retiró del lugar, finalmente también molestaron a los trabajadores que intentaban hacer su trabajo habitual, que se hizo imposible ante el ruido, los cánticos, los gritos y otras manifestaciones que, en lugar de fortalecer el reclamo, lo dañaron.
Esperemos que lo vivido no pase de ser un mal ejemplo y un mal recuerdo, que quienes participaron entiendan que no tienen ningún derecho a disponer de un edificio público que es de todos, no de un sector. Y que hay autoridades que eligió el pueblo para trabajar allí, sin poder hacerlo.
Los contribuyentes que se retiraron del lugar, vecinos de Luján, no querían expresarse públicamente sobre el espectáculo que estaban viendo, pero algunos reconocían sentir bronca, otros pena, otros vergüenza ajena. No pocos resignación y pesimismo sobre el futuro. Alguien reflexionó sobre la educación, que no educa, que hace falta mejorar.
La naturalidad con la que obraron los protagonistas es preocupante, no sólo por todas las molestias ocasionadas a otras personas que también tienen problemas como ellos, sino porque da la impresión de que creen que está bien lo que hicieron, que tienen algún derecho que se los permita.
Deberían aprender que la fuerza no da derechos. Y que nadie puede atravesar los límites que marcan la frontera de lo incorrecto.