Entre los quehaceres del hombre, nada más inestable y sorpresivo que la política. Si la vida suele ser como una hamaca que va y que vuelve, la política es una calesita que –a veces- gira sobre su propio eje, dando vueltas inexplicables, pasando sucesivamente por un lugar antes ocupado y luego abandonado, casi como una condenainterminable.
Aunque nadie debe sorprenderse, porque los avatares de la política suelen imponer premios y castigos, colocando a sus protagonistas a veces arriba, muy arriba, y otras abajo, previsiblemente abajo, diseñando ciclos inexorables que como un remolino destruyen el presente pero también el pasado de quien osare desafiar los derroteros trazados por el destino.
Esa geografía se recorre con la sucesión de actos que cada uno lleva a cabo en su vida, mientras, distraídamente irónica, la vida pasa. Y tanto los aciertos como los errores son el pasaporte entre ciclos de gloria y de espanto.
Y si no, observemos por un momento la realidad nacional, en la que bailotean las imágenes de bolsos con dinero, cuadernos que dejan huellas, versiones y cifras incalculables, reproches, dudas, arrepentimientos, decepciones, y tantas otras fotografías impactantes de la realidad.
Los antes amigos hoy son sospechados de denunciantes. Los otrora socios ahora declaran voluntariamente y sin que se los llame, sobre hechos que antes parecían aplaudir o, sencillamente, ignorar.
Los que dicen haber sufrido amenazas ahora no vacilan en contar, amenazantes, un sinnúmero de detalles que involucran a los políticos que ocuparos los cargos más encumbrados de la Nación. Gira la calesita, en un ciclo indetenible.
No son pocos ni son discretos quienes antes navegaban en un transatlántico, protegidos por el intocable pabellón desplegado de una capitana eterna, y hoy –en un intento por salvarse- buscan hundir hasta el más diminuto bote de la militancia partidaria.
La actual oposición, en todos sus niveles, aparece como la muestra visible de una tragedia griega.
Desde un ex Vicepresidente de la República puesto entre rejas, hasta un devaluado concejal que condujo los destinos locales durante décadas, se desangran ante la adversidad.
Todo parece haberse dado vuelta en muy poco tiempo. Ya no es negocio pertenecer a un espacio político condenado al repudio generalizado de las personas honestas. Intentar resucitar la esperanza alimentada por el relato, es un imposible.
Reposicionarse individualmente también.
Otra decisión equivocada los condujo a una encerrona sin retorno. Todos, cada uno que antes exhibía contactos y conocidos de alto nivel político, ahora los oculta, evita hablar de ellos.
Es que de la hamaca a la calesita sólo hay una escasa distancia: la suertede acertar la sortija. Cuando ésta da la espalda se termina la diversión.
Y entonces nacen las críticas y reproches de los allegados del caudillo, que se quedan como meros espectadores de la situación.
Algunos le recriminan los errores en las decisiones del jefe, otros su comportamiento, que lo llevó a cambiar principios por chances electorales, ideales por cargos, reconocimiento por oportunismo.
Y el líder de antaño pasa, meteóricamente pero con la comodidad de la conveniencia, por posiciones políticas que le habían sido inaceptables, como el liberalismo menemista, la derecha duhaldista y otras expresiones que nunca había aceptado.
Así, terminó traicionándose a sí mismo, pasando de la gloria de sucesivos mandatos que le fueron legítimamente concedidos por el pueblo, a opositor sin ideas y con los peores procedimientos.
El veterano político –que empezó de nuevo su carrera pública- dejó de ser aquel que se proclamaba defensor de la democracia para transformarse en un obstruccionista del funcionamiento de las instituciones.
Su liderazgo pasó de ser convocante de seguidores, para arrastrar a pseudo disidentes sometidos a sus directivas.
Notable cambio. De proponer a impedir.
Lo llamativo es que hasta los que esbozaban pretensiones para proyectarse en la política, cedieron iniciativas, decisiones, protagonismo, a quien los conduce por la cornisa de la que caerán, por obra del líder, cuando éste se lo proponga.
Apena advertir que aquella bandera orgullosamente enarbolada para entusiasmar jóvenes militantes, sea hoy apenas un pasacalles deshilachado con el mismo nombre repetido hasta el cansancio, que ahuyentó a la juventud.
Ocupar una banca de legislador –nacional, provincial o municipal- no es honrar la voluntad del pueblo, sino trabajar para el bien común.
Y no concurrir a ocupar la banca que le fuera confiada, o abandonarla dejándola vacía, es una traición a los electores.
¿Estrategias legislativas, o vergüenza política? Llamémosla como a cada uno nos parezca, la forma de llamar esa conducta no cambiará el repudio de los ciudadanos a quienes así se comportan.
Tal vez lo que tanto llama la atención, si pensamos en la finalidad altruista de la política, no sorprende a nadie si pensamos en los políticos. O, al menos, en algunos de ellos.
Lamentablemente.