Otro año está próximo a partir. Pasa el tiempo, pasa la vida.
Pero lo importante es lo vivido, el aprendizaje, el crecimiento, la evolución.
Desde la antigüedad las personas de más edad eran los sabios, quienes se transformaban en el espejo donde se miraban los jóvenes.
Pero no era la edad biológica la que se valoraba, sino el conocimiento aprehendido a lo largo de los años.
De allí que el tiempo perdido sea irrecuperable.
En las comunidades modernas el fenómeno parece haberse acelerado. Todo pasa más rápido y aprovechar el tiempo exige esfuerzos, decisiones rápidas, mucho trabajo día por día.
Es un fenómeno de sacrificio constante, de responsabilidad, de capacidad, y se logra cumpliendo con nuestros deberes y asumiendo nuestras obligaciones.
Sin embargo, no siempre se elige ese camino. Hay sectores sociales que especulan con el tiempo como si fuesen los dueños del destino de los demás.
Porque perder el tiempo, como decisión individual, puede ser una enorme equivocación, que provoca daños personales, pero impedir que otros puedan aprovechar el valioso tiempo con el que cuentan, puede leerse como un acto perverso que perjudica al conjunto.
Esta situación ha podido verse, muy de cerca, en el Concejo Deliberante local, a partir de que los bloques opositores al gobierno municipal que encabeza Oscar Luciani, unánimemente imposibilitaron el funcionamiento del Poder Legislativo de la Comuna.
Para lograr ese daño a una institución de la democracia, integrada por un grupo de vecinos que representan a todos los vecinos, faltaron sistemáticamente a las sesiones convocadas, o se retiraron de ellas.
Lo cierto es que no estuvieron presentes, como es su obligación, dejando sin quórum al Concejo e impidiendo que sesionara.
Lamentablemente, ese hecho condenable no se registró aisladamente, sino que se transformó en una metodología habitual, repetida, constante, produciendo una paralización de trámites, proyectos, gestiones, debates. En definitiva, postergando el progreso.
Eso sí, los faltadores, los que no trabajaron, siguieron cobrando sus sueldos como si hubieran asistido. Ninguno de ellos pidió que se le descontaran los días de inasistencias, ni devolvió voluntariamente el dinero.
Todo comenzó con el ya famoso tema de la instalación de una planta generadora de energía eléctrica en Luján, que fue considerada contaminante por los concejales de la oposición justicialista, en todas sus variantes.
Inútiles fueron los informes técnicos que decían lo contrario, y las conclusiones de varias universidades nacionales que opinaban en el mismo sentido.
El caso de la “termoeléctrica” entró en un callejón sin salida y la bandera de la heroica lucha contra la contaminación comenzó a pesar, cansando los brazos de quienes comenzaron a quedarse sin argumentos.
Entonces aplicaron aquel enunciado con el que su líder político tituló uno de sus libros: “la fuerza es el derecho de las bestias”, y prefirieron la destrucción del Concejo Deliberante antes de oponerse democráticamente al proyecto dentro de las reglas del sistema.
Trabar el funcionamiento de una institución apelando a una conducta reprochable basada en el incumplimiento de sus obligaciones, no solamente es antidemocrático, sino sencillamente un mal ejemplo.
Sin embargo, los concejales opositores al gobierno local, alineados tras la figura de Miguel Angel Prince, no vacilaron en elegir ese camino, y obstaculizaron todo el accionar del Concejo Deliberante con sus repetidas ausencias.
Así pasaron los meses y una gran parte del año que concluye se vio desdibujada, desaprovechada, inútil.
La peor manera de perder el tiempo es haciéndoselo perder a quienes quieren aprovecharlo. Tal lo ocurrido, intencionalmente, en nuestra “Patria Chica”.
Felizmente, la mala acción hizo reflexionar a muchos lujanenses, que se vieron inicialmente sorprendidos y luego repudiaron esas conductas. Se ha producido algo que nos lleva a considerar aspectos más amplios e importantes que la suerte de un proyecto, no debatido ni tratado, como es la formación y las cualidades de nuestros representantes.
Es cierto que para la mayoría de los votantes se trata de un hecho no previsible, pero que no por eso deja de ser condenable. Es, nada más ni nada menos, que no cumplir con un mandato recibido a través de las urnas, no asumir los deberes por los que prestaron juramento al asumir, e impedir deliberadamente el funcionamiento de una institución pública.
Gravísimo. La muestra evidente de lo que no tiene cabida en la democracia.
Nadie puede negar que, excepcionalmente, la falta de quórum puede ser una medida extrema ante la intención de tratar un tema sin tiempo previo para su análisis, o al que se le introdujeron modificaciones de último momento que no pudieron ser evaluadas, u otras causas similares. Pero nunca para ser utilizada en forma sistemática, adoptada como una metodología permanente.
La democracia exige el respeto a las instituciones y a las reglas de su funcionamiento. O no se es democrático.
El tiempo perdido no se recupera jamás. La valoración pública tampoco. Justamente, es el tiempo quien lo dirá.