UNA NOTA DE MARGARITA ELIAS

Suena el Nextel. No será el primero ni el último llamado en una larga jornada de 12 horas arriba del Móvil 1 SAME Derqui. Alguien marcó el número 107 y desde de la central avisan sobre un grave accidente “auto-moto” ocurrido en el partido de Pilar. El médico que está de guardia ya se prepara para un nuevo “código rojo”, es decir, una urgencia de emergencia. En momentos así, cada minuto vale.
Wanda Rincón se ajusta el cinturón de seguridad aunque le presione los pechos, esos que consiguió hacerse a los escasos 15 años a través del peligroso “mercado negro” de la cirugía a la que se sometían miles de personas de su misma condición sexual. Después de 45 días de haber estado a prueba, ahora le toca estar a cargo del volante. Sabe perfectamente que llegar al lugar lo más rápido posible para salvar una vida depende de ella. Y con razón de causa. Si el móvil del SAME de San Pedro no la hubiese socorrido a tiempo cuando coalicionó una vez con su auto, Wanda no sería quién es hoy: la primera ambulanciera trans del SAME Bonaerense.
Enciende la sirena. Su copiloto le marca con el GPS el lugar del choque. Aún teniendo a cuestas 10 años de experiencia como remisera, jamás creyó que ahora iba a depender de un aparato que le diga los nombres de las calles y qué dirección seguir. Pero Derqui es casi un lugar nuevo para ella, como alguna vez lo fue su querida Fátima, en Pilar. Allí llegó, con la edad de 13 y siendo varón, desde la localidad vecina de San Miguel después de huir del seno familiar por miedo a ser rechazado y tildado de “mariquita”. Necesitaba comenzar de cero, costara lo que le costara, llamándose al fín Wanda.
Descienden del móvil. El jóven de la moto está “destrozado”. Alrededor un caos de tránsito y varios “chusmas” que no quieren perderse ese despliegue. Wanda no es espectadora: no en vano estudió y aprobó el examen de manejo profesional en el mes de enero para ocupar el cargo en el que está. Ella es ese uno por ciento de la planta del servicio de emergencias que, a raíz de la aprobación de un decreto hace dos años, debe ser ocupado progresivamente por personas transgénero “que reúnan condiciones de idoneidad para los cargos con el fin de promover la igualdad real de oportunidades en el empleo público”.
Wanda y el otro asistente bajan rápidamente la camilla mientras el médico socorre al muchacho que no para de sangrar. Confiesa que, hasta hace poco, la sangre le causaba mucha impresión. Ni hablar de un muerto. Pero guardia tras guardia fue perdiendo esa sensación. “¡Oxímetro… apósito… destroza!”, pide el doctor con ímpetu que le alcance esos elementos que hoy conoce a la perfección. Y todo por haberse esforzado estudiando. Wanda, que finalizó el secundario recién en el 2017 gracias al Plan Fines, recuerda esos días de mucho sacrificio en los que se sentaba a tratar de memorizar terminología y números. Tenía muchas ganas de fumar un cigarrillo ante tanta ansiedad y nervios, pero con ella estaba una de sus mejores amigas -también trans- que le decía: “El atado, acá. Cuando vo’ me des bien la respuesta o el número que es, ahí vas a poder fumar. Antes no. Primero vas a tener que aprender. Después los vicios”. Aún le agradece ese apoyo incondicional, a poco de cumplirse un año de su muerte.
Lo levantan al chico herido. Tienen que llevarlo a la guardia del Centro de Salud Presidente Derqui de inmediato. Wanda se quita los guantes de látex llenos de sangre. Ahora se ven sus manos limpias y arregladas. Ama tener sus uñas “french” y así las luce arriba de la ambulancia. Su pelo teñido de rubio no le molesta tanto como sus canas a pesar de las corridas pues, por protocolo, debe llevarlo atado. Su uniforme del SAME verde fluo y blanco está todo manchado de sangre. Y poco le importa. Aunque mañana, en su “día por medio” no laboral, deberá lavarlo hasta que, por lo menos, el pantalón -que le marca su cola operada a los 13 años- quede como nuevo.
Otra vez enciende la sirena. Se le suman dos patrulleros para abrirle camino. Quién iba a decir que terminaría trabajando en conjunto con la policía, esa misma que tiempo atrás le daba “gomazos” y la metía presa solo por el hecho de salir a la calle a comprar pan para comer. Que la humillaba y que se encargó de hacer desaparecer a sus otras compañeras del colectivo trans. Ella está segura de eso. Pero también está segura de que hoy por hoy “no queda ni uno de ellos”. La policía se volvió su amiga y compañera de guardias, y cuenta que hasta ha tenido novios uniformados.
Wanda va por las calles con prisa, para ayudar a ese muchacho tal como alguna vez lo hizo con ella misma. Aquellas calles de zona norte que la han curtido en la noche cuando se metió en el mundo de la prostitución “para sobrevivir” porque “¿quién me iba a dar trabajo a mí con teta y culo a los 13… 14 años?”. Hasta los 20 solo conocía la luna y las estrellas; los “secretitos” de los tratamientos hormonales que hizo; los “transcidios”; las drogas ilegales; el alcoholismo; la vestimenta provocativa y las pelucas que se prestaban con su mejor amiga trans, Alexa (o “Pachacha”); los lentes de contactos verdes; los “machos” violentos; o el típico cirujano “hijo de puta que le quiso sacar diez pesos a una compañera poniéndole cualquier cosa en el cuerpo”. “Pasé por la parte donde quizás poniéndote un pecho o haciéndote la cola se te terminaba la vida porque se usaban otros materiales, otro productos”, dice mientras esquiva el tema de la operación genital agregando que “siempre busco el perfeccionamiento”.
Acelera con toda prudencia. Todavía le queda un tramo más para llegar al sanatorio. Atrás, el médico de guardia da las últimas indicaciones de esta primera etapa de asistencia médica por la que debe atravesar el paciente. Wanda responde con la misma cordialidad y profesionalismo a todos los especialistas con los que le toca trabajar porque, para cada jornada, es uno distinto. A pesar de que el ámbito de la salud es bastante machista y solo un porcentaje muy bajo es representado por mujeres, la ambulanciera está encantada con el grupo que ha formado tanto en el Centro de Salud de Derqui como en el Hospital Sanguinetti de Pilar. Además de relacionarse con residentes muy jóvenes, le toca trabajar con profesionales de edad avanzada que, por ella, “están conociendo la vida trans”. “Más de uno llegó a pedirme disculpa’ por no haber conocido antes esta vida y no haber querido conocer a las personas”, cuenta Wanda mientras se ríe porque piensa que este nuevo grupo que integra “habla con otro lenguaje” siendo que ella se considera “media negrita, groncha, porque me salgo con cada palabra de la calle”. “Me enseñan, me están cambiando”, agrega con total estima.
Por fín llegan al sanatorio. Al lado de su Móvil 1 hay otros que también arriban con distintas urgencias: una futura mamá, un ahorcado, alguien con insuficiencia respiratoria… Está convencida que cada ambulancia conlleva una historia distinta y que “cada guardia es un mundo diferente al anterior y al mundo en sí”, algo que le permite ver y aprender cosas nuevas. Se vuelve a reír. Esto le recuerda a sus días como remisera y la millonada de anécdotas que tiene con sus pasajeros, como las veces que presenció infidelidades o cuando tuvo que hacer de “Inspector Gadget” para ver de dónde salía o hacia dónde iba tal persona. O cuando oficiaba de transporte escolar por encargue, ya que varias madres confiaban en ella para trasladar a sus pequeños hijos desde el barrio cerrado hacia la escuela.
Siempre se la rebuscó para trabajar: kiosco; venta de bebidas; verdulería; o mismo cuando vivía en San Pedro, tuvo su propia forrajería. “El ser una persona en mis condiciones sexuales no quiere decir que tenes que pararte en una esquina a vender tu cuerpo”, afirma Wanda. Si bien el haber ejercido la prostitución le permitió conseguir muchas de las cosas que tiene hoy, asegura que fue para “sobrevivir el momento, no para vivir la vida”. Hace varios años que decretó que esa labor sería “de última” opción, como cuando estuvo un tiempo sin auto y se vió en la obligación de regresar a la calle pero por dos o tres meses. Una y otra vez repite: “Soy una sobreviviente”. “Se dice que las personas con 30 o más en las travestis ya somos abuelas, y si vos te pones a mirar el ritmo de vida de la travesti es de hasta 32 años y después todas murieron o las mataron. Así que imaginate, si 32 es el promedio de vida, entonces qué hago yo en el mundo con casi 40”, reflexiona.
Junto a su compañero descienden la camilla y el joven accidentado ingresa a una nueva etapa en la que otro médico se hará cargo de él. Wanda sabe que su trabajo llegó hasta ahí porque sus facultades aún no se lo permiten. Pero algo dentro suyo la moviliza bastante: en breve quiere comenzar la carrera de Enfermería. Nunca pierde esas ganas de seguir aprendiendo. Ahora puede y tiene todos los medios para hacerlo. No como antes cuando era chica, que tuvo que abandonar la escuela por tener el cuerpo “armado”. “Me encanta lo que no logré hace 20 año’ atrás estando lográndolo hoy”, comenta por demás de orgullosa.
Vuelve a sonar el Nextel. Otra emergencia se avecina. Y allí estará con sus manos en el volante, como tanto le gusta. Así como pasan las historias, van pasando las horas. Hasta las 20, momento en el que debe hacer el traspaso del Móvil del SAME al siguiente ambulanciero que la espera en el Centro de Operaciones Municipales (COM) de Del Viso. Al llegar a su casa la esperan Francisco Nair, La Cachirula y Radom Maximiliano Rafael; sus amados perros. Y con la paz de hogar procura descansar, y más aún si tiene que trabajar, se acuesta muy temprano. Wanda hoy es feliz. Tiene una profesión de día y puede dormir por la noche. Pero, sobre todo, está viva y siendo la mujer que siempre quiso ser.