LA ARGENTINA TIENE SÍNTOMAS DE LANGUIDEZ

Escribe: Hernán Leonel
La languidez es una sensación de estancamiento y vacío. Se siente como si estuvieras arrastrándote para pasar los días, mirando tu vida a través de un parabrisas empañado. Imaginemos por un instante que somos psicólogos. Cada uno que está leyendo estas líneas. Disponga uno momento, apague la tele, baje la luz, lea y trate de seguir la idea. Bien. Ahora sí. Usted es psicólogo/a y le tocan la puerta.

“¿Quién es?” Pregunta usted. “Soy Argentina”, responde. Con rareza, abre y la invita a que se siente. “Si, ahí, en el diván por favor. Recuéstese y dígame, con confianza, ¿qué le pasa?”.

   “No lo sé, solo me siento… sin alegría, sin ganas y sin rumbo”. Comenta Argentina.

   “Resulta que hay un nombre para eso: languidecer”, comenta usted y prosigue:“En los primeros e inciertos días de la pandemia, es probable que el sistema de detección de amenazas de tu cerebro -llamado amígdala- haya estado en alerta máxima de lucha o huida. A medida que aprendías que los cubrebocas ayudaban a protegernos -pero el lavado de paquetes no lo hacía- probablemente desarrollaste rutinas que aliviaban tu sensación de temor. Sin embargo, la pandemia se ha prolongado, y el estado agudo de angustia ha dado paso a una condición crónica de languidez”.

“Pucha”, comenta Argentina. “¿Es grave?”, pregunta con los ojos como platos mientras cruza una pierna.

   Tras coger una pluma y un cuadernillo, el especialista comenta: “La languidez es el hijo ignorado de la salud mental. Es el vacío entre la depresión y el bienestar: la ausencia de bienestar. No tienes síntomas de enfermedad mental, pero tampoco eres la imagen viva de la salud mental. No estás funcionando a toda máquina. El languidecimiento empaña tu motivación, altera tu capacidad de concentración y triplica las probabilidades de que reduzcas el trabajo. Parece ser más común que la depresión, y en cierto modo puede ser un factor de riesgo mayor para sufrir una enfermedad mental”.

   “Entiendo”, acota Argentina mientras arruga los ojos para que no entre el reflejo de la luz que se cuela por la cortina y agrega: “Hubo una vez donde tomaron postura por sobre mí. Una forma de gobierno centrada en el Estado de Bienestar en el cual se trató de reducir todas las posibles diferencias dentro de la población, enfocándose en garantizar los derechos de los sectores más necesitados y luchar contra la explotación laboral a la clase obrera”. No le podría decir que fue como me lo habían pintado pero… silenció las dolencias”.

    “Silenciar las dolencias”. Se escribe en el cuaderno y la voz suave y cálida del analista irrumpe: “Parte del peligro radica en que, cuando uno languidece, es posible que no notemos el descenso del placer o la disminución del impulso. No te das cuenta de que te deslizas lentamente hacia la soledad; eres indiferente a tu indiferencia. Cuando no puedes ver tu propio sufrimiento, no buscas ayuda ni haces mucho para ayudarte”.

  “No, ¡no!”, exclama exaltada Argentina. Si estoy acá es porque veo mi propio sufrimiento y es más, necesito de vuestra ayuda. A razón de eso, creo que me he dejado ayudar demasiado pero por las personas equivocadas, no alcanzarían miles de sesiones para que le cuente todo el trayecto que hice para llegar hasta este camino. Fui capturada, liberada, me bastardearon, me obligaron a realizar cada cosa utilizando mi nombre que ya no recuerdo cuando fue la última vez que fue bien empleado. Imagine que hasta me cambiaron una e en el nombre para que sea inclusiva cuando ya de por sí, se da a entender que mi nombre engloba a un todo. Forja, une. Todo lo contrario a la grieta que han querido instalar en lo últimos tiempos. Estás de un bando o perteneces al otro. No es que no me de cuenta de que me intentan deslizar lentamente hacia la soledad (si de tantos amigos y amigas que tenía hoy me quedan uno que habla ruso, otro en chino y el único de habla hispana está totalmente distinto a lo que realmente supo ser); o que soy indiferente a mi indiferencia. Primero hay que aprender a quererse uno un poquito y después salir a buscar a alguien que lo quiera un poquito más. Lo cierto es que cuando se habla de éste sentimiento raro y oscuro y por raro y oscuro nos gusta tanto, uno resulta siempre quejándose”.

   Rápido de reflejos, usted comenta: “Ahí me está hablando del amor, de ese sentimiento que pocas veces experimentó. Por lo que me cuenta”.

“Es así, tal vez me endulzaron los oídos, o compré el cielo plagado de estrellas cuando en realidad era un techo pintado de negro con un par de foquitos. Pero volvamos mejor a la languidez”.

    “Todavía tenemos mucho que aprender sobre las causas de la languidez y cómo tratarla, pero ponerle nombre… podría ser un primer paso y eso podría ayudar a desempañar nuestra visión, dándonos una ventana más clara de lo que había sido una experiencia borrosa. Podría recordarnos que no estamos solos: el languidecimiento es común y compartido”, agrega mientras sigue manchando con tinta el papel blanco.

  “¿Un antídoto contra la languidez?”, pregunta asolada Argentina.

   “¿Qué podemos hacer al respecto?”, dispara mientras acomoda los lentes y sigue: “Un concepto llamado “flujo” puede ser un antídoto contra la languidez. El flujo es ese estado elusivo de estar absortos en un reto significativo o un vínculo momentáneo, en el que tu sentido del tiempo, del espacio y de ti mismo se desvanece. Durante los primeros días de la pandemia, el mejor indicador de bienestar no era el optimismo o la atención plena, sino el flujo. Las personas que se sumergieron más en sus proyectos lograron evitar languidecer y mantuvieron su felicidad prepandémica”.

   “Y el miedo se ríe de todo y se frota las manos”, agrega Argentina mientras esboza para los confines más recónditos de sus adentros: “El futuro pone cara de perro si se le da la gana”.

   “Está en lo cierto, pero hay formas de evitarlo, acota usted. “Por ejemplo, jugar un juego de palabras a primera hora de la mañana me catapulta al flujo. A veces, un maratón nocturno de Netflix también funciona: te transporta a una historia en la que te sientes unido a los personajes y preocupado por su bienestar”.

“Mmmm, déjeme dudar de lo último ya que, y valga la redundancia, el último se dedicó a ver Netflix y así nos fue”.

  “Date un tiempo ininterrumpido”, acota el especialista mientras se sumerge más y más en escribir disparadores para un futuro encuentro.

“¿Y eso qué significa?”. Pregunta Argentina

  “Eso significa que hay que establecer límites. Hace años, una empresa de software en India probó una política sencilla: nada de interrupciones los martes, jueves y viernes antes del mediodía. Cuando los ingenieros gestionaban ellos mismos el límite, el 47 por ciento tenía una productividad superior a la media. No obstante, cuando la empresa estableció el tiempo de silencio como política oficial, el 65 por ciento logró una productividad superior a la media. Hacer más cosas no solo era bueno para el rendimiento en el trabajo: ahora sabemos que el factor más importante para la alegría y la motivación diarias es una sensación de progreso”.

  “¿Y eso a qué va?”. Cuestiona con los brazos en jarro.

  “No creo que haya nada mágico en los martes, jueves y viernes antes del mediodía. La lección de esta sencilla idea es tratar los bloques de tiempo ininterrumpidos como tesoros que hay que guardar; despeja las distracciones constantes y nos da la libertad de concentrarnos. Podemos encontrar consuelo en las experiencias que captan toda nuestra atención”.

  “La alegría y la motivación diarias es una sensación de progreso. Claro, no fue magia, es eso”.

   “La languidez no está solo en nuestras cabezas: está en nuestras circunstancias. No se puede curar una cultura enferma con vendas personales. Seguimos viviendo en un mundo que normaliza los problemas de salud física, pero estigmatiza los problemas de salud mental. A medida que nos adentramos en una nueva realidad pospandémica, es hora de replantear nuestra comprensión de la salud mental y el bienestar. “No estar deprimido” no significa que no se estén teniendo problemas. “No estar exhausto” no significa que se esté animado. Al reconocer que muchos de nosotros languidecemos, podemos empezar a darle voz a la desesperación silenciosa e iluminar un camino para salir del vacío”.

“Creo que voy entendiendo”, comenta Argentina mientras se levanta del diván.

“Es tiempo”, dice usted mientras cierra el cuaderno y agrega: En 15 días. Mismo horario”.

     Tal vez, ahora sí, estimado lector, estimada lectora pueda corroborar que he perdido toda lógica al tratar de explicar con una editorial que no es una editorial a la cual está acostumbrado a leer, pero si lo hace entre líneas podrá identificar la razón por la cual redacté esta singular columna. La información de la misma, fue extraída de una nota que fue publicada en la página web del emblemático medio “The New York Times” escrita por Adam Grant (psicólogo organizacional en Wharton, autor de ThinkAgain: ThePower of KnowingWhatYouDon’tKnow y conductor del podcastWorkLife de TED).

   Les comparto el link para leer la nota completa que captó mi atención y que yo simplemente desarmé y volví a ensamblar en forma de cuento, metáfora, o algo parecido a lo real para que usted también analice desde su perspectiva y deduzca si Argentina tiene síntomas de languidez. No tema. Aún no enloquecí. Los que sí están como locos son los políticos que no saben qué estrategia utilizar en las próximas elecciones. La oposición se desarma como un castillo de arena. El oficialismo perdió toda cordura. El Presidente a los gritos en un acto con bancarios utilizó la ironía que lo caracteriza para decir: “Ahora reclaman la segunda dosis de veneno”. Señor Presidente, usted es el responsable del fracaso sanitario más grande de la historia del país. Si son dos dosis, vaya y consiga las dos dosis. Gestione señor Presidente. Gestione y deje la verborragia para cuando vaya al Instituto Patria. Gestione como lo está haciendo Schiavi, quien hizo cursos de ukelele, jardinería y ajedrez en la cárcel y logró que le redujeran la pena por la tragedia de Once. El ex secretario de Transporte condenado a cinco años y medio de prisión es uno de los pocos ex funcionarios del gobierno kirchnerista que continúan tras las rejas también estudió protocolos de prevención frente al COVID y talleres de filosofía, entre otros cursos. Con todo esto, Schiavi quedó más cerca de dejar la prisión.

    Mientras Argentina padece languidez, algunos “estudiaron” la forma de gambetear dicha enfermedad como hace 35 años lo hizo Maradona dentro de una cancha de fútbol. ¿Era necesario que el Diputado Carlos Heller y compañía decidieran parar la sesión a las 16.09 pm para aplaudir el gol de Diego? En la próxima sesión trataremos de sentarlo a Carlos para ver que nos dice.

Fuente: “The New York Times”